Los riesgos de las citas









Primeramente, quiero dejar bien en claro que este escrito trata sobre las citas en tanto reproducción de palabras dichas o escritas por otro/s, y no en tanto encuentro o reunión; aclaración oportuna dado que cada poco me topo con gentes que, al momento de responder cuál es su cita preferida, salen con cosas como “ir al parque a comer churros con mi suegra” (Tuala, E., 2011). Desde luego, habrá quienes se interesen por saber a dónde le gusta a uno ir a comer, si come churros o no, o cómo se relaciona con su suegra, pero nadie puede negar que todo esto queda chico y pueril ante citas como: “El Estado es, por tanto, el centro de los restantes aspectos concretos: derecho, arte, costumbres de la vida. En el Estado la libertad se hace objetiva y se realiza positivamente. Pero esto no debe entenderse en el sentido de la voluntad subjetiva del individuo se realice y goce de sí misma mediante la voluntad general, siendo ésta un medio para aquélla” (Hegel).  

En segundo lugar, expreso mi más categórico repudio a la abusiva y agotadora moda de andar citando cualquier cosa: señalemos a quien cita todo el tiempo, loca e innecesariamente, a diferencia del buen citador, que recurre a la cita sólo cuando ésta es verdaderamente necesaria, cuando no hacerlo implicaría inmoralidad y hasta delito. Porque, ¿alguien me puede decir dónde existe el sentido de encontrarse en un texto con cosas como: “Durante la Segunda Guerra Mundial murió mucha gente (Scott, A., 1967)”?  

Por último, deseo advertir sobre el riesgo de las citas falsas: “La chica me había invitado a la plaza de Moscú, quería ver el desfile del Ejército Rojo, pero cuando fui no estaba allí” (Napoleón Bonaparte).