Cómo diferenciar al intelectual del intelectualoide








Mientras el intelectual vive, escribe y trabaja en pos de una causa (política, social, artística, la que fuere), el intelectualoide no reconoce más causa que la de su intelecto.

El intelectual goza cuando considera que está haciendo un aporte valioso a esa causa que motiva su trabajo, cuando logra ser comprendido, cuando sus opiniones se profundizan y extienden, cuando sus pareceres se vuelven carne. En cambio, el intelectualoide goza leyéndose, admirando sus obras: su objetivo es gustarse.

Pero no sólo gustarse, porque, por sobre todas las cosas, el intelectualoide busca diferenciarse de quienes no disfrutan de un intelecto desarrollado (¿él sí?). Muy distinto es el intelectual, que asume entre sus misiones fundamentales la de igualar: ayudar a pensar, ayudar a discernir, ayudar a que uno sea tan intelectualmente bueno como él.


Para el intelectual, las letras y las palabras son medios de comunicación, mientras que, en el intelectualoide, son un fin en sí mismo. Podrá ocurrir, por supuesto, que el intelectual recurra a un término complejo y poco común, pero si lo hace es porque no encontró otro que explicase mejor lo que quería decir; en cambio, el intelectualoide buscará en su cabeza las palabras más rebuscadas para, a través de su utilización, tomar distancia del resto.

Todo esto lo resumió muy bien un intelectual amigo mío, cuando, en una asamblea obrera, dijo: “El fino palabrerío de indómita inepcia e infructífero garbo que galanamente brota, de boca de sibilinos letrados e indolentes lumbreras de jactanciosos modales, no tiene otro objeto que la fútil desavenencia del vulgo azorado”.