Cómo diferenciar al radical del ultra









Es común que se usen indistintamente las palabras “ultra” y “radical” para calificar (por lo general despectivamente) a alguien de izquierda; igual de común es que las personas de izquierda asuman o rechacen ambos términos sin hacer ningún tipo de diferenciación. Y todo esto no está bien y no es justo, ni con los ultras ni con los radicales verdaderos.


La palabra ultra refiere a exceso, exageración, extremismo. Algo ultra va siempre más allá de.

En política, el ultrismo implica ir más allá de ciertos límites que la realidad y la conveniencia imponen. La persona ultra de izquierda siempre demuestra una interpretación extrema de la realidad y/o una conducta extrema frente a esta.
El ultra ve indefectiblemente la revolución en todo lo que sucede: desde el caos más aberrante hasta el orden más institucionalizado. Usa iguales métodos frente a situaciones distintas. Para el ultra todo ya ha sido escrito: las sociedades humanas no tienen margen de maniobra, puesto que algún teórico-profeta predijo claramente lo que sólo ellos conocen y que siempre está a punto de suceder (la revolución, como vimos antes). 

El entorno del ultra, por lo general escasamente poblado, favorece su autismo político: los ultras necesariamente deben reunirse en grupos pequeños en los que sus posiciones y métodos desmedidos no sean cuestionados y puedan seguir reproduciéndose; a su vez, los grupúsculos de ultras deben cerrarse y enfrentarse a otros de su misma especie, puesto que no pueden convivir, aceptarse y cooperar quienes poseen visiones del mundo diferentes y consideran que estas, de punta a punta, resultan exactas e infalibles.    

La palabra radical, por su parte, tiene su origen etimológico en la palabra raíz, la cual es, en sentido figurado, el origen de una cosa. El radical de izquierda tiende a visualizar los problemas sociales, políticos y económicos desde su origen, en el cual se enfocan todas o buena parte de sus acciones. El radicalismo no es más que el estudio objetivo, sensato y metódico de determinadas problemáticas que se buscan resolver, yendo a los orígenes de las mismas y formulando luego soluciones que permitan “arrancar los problemas de raíz”. 

El radical no puede creer en verdades absolutas, y por eso sus métodos cambian cuando las situaciones varían. Para él, la revolución puede estar a la vuelta de la esquina o a millones de kilómetros, lo que dependerá, entre tantas otras cosas, de su habilidad para interpretar certeramente el presente y de aplicar en él lo que se pueda aplicar de las teorías políticas transformadoras clásicas. La cercanía entre el radical y la realidad social, hace algo improbable las posiciones y acciones exageradas, más allá de lo verdadero y de lo conveniente.
  
Para finalizar, podemos plantearnos algunas preguntas: en primer lugar, si los términos ultra y radical pueden aplicarse a la derecha política y de qué modo; en segundo lugar, si se puede hablar de un ultrismo de izquierda o si ello implica una contradicción insalvable, una especie de oxímoron; y por último, si existe la posibilidad de ser de izquierda sin ser radical.