Machismo, feminismo y 148










Voy a estudiar. Me encuentro en la parada de ómnibus que está frente a la Plaza Colón. Hay mucha gente, como de costumbre. Espero unos pocos minutos hasta que, finalmente, lo veo: dobla, viene desde Lezica y toma Garzón, grisáceo y parsimonioso, es él, el 148 con destino Ciudadela. Se detiene frente a todos nosotros (suelo tener la suerte -aunque lo mío ya se parece a un talento- de quedar justo frente a la puerta) y yo, como buen ciudadano y como mejor hombre, me armo de paciencia y me dispongo a tolerar uno de los momentos más angustiantes de mi existencia: un ejército de mujeres me hace a un costado y se adentra en el ómnibus. Sí, una vez más estoy permitiendo que suban primero al 148 todos los seres vivos del género femenino que quieren hacerlo.

Todas ellas ingresan al coche antes que los hombres, con el descaro de ya ni siquiera agradecer, como si semejante gesto de nuestra parte correspondiese a un orden natural de cosas que, por tal razón, no merece ser cuestionado ni agradecido.
Pasan. No dejan de pasar. Siguen pasando y yo, mientras las miro, pienso:

“¿Hay alguna razón por la que esta muchacha deba subir primero, cuando yo estoy casi en la puerta del ómnibus?
¿Acaso el dejar pasar a alguien no tiene sentido sólo cuando ese alguien necesita, por alguna razón, tal privilegio, como pudiese ser un anciano muy estropeado o una persona con problemas físicos? Pero ¿por qué una mujer?
Si dejo a la muchacha subir antes que yo, como lo estoy haciendo ahora, ¿es porque la considero en inferioridad de condiciones? ¿Eso es ser caballero? ¿La caballerosidad no es hija de un tiempo en el que se entendía a la mujer como un ser inferior al hombre, con el que, por ello, había que ser cuidadosamente compasivo y generoso?
¿Y cómo debemos actuar frente a este tipo de situaciones los hombres que estamos a favor de la igualdad de género y de la causa feminista?
¿No será que ser verdaderamente caballero en el siglo XXI implica, entre tantas otras cosas, no dejar que las mujeres se adentren primero al 148 cuando uno está en la puerta, lo que, finalmente, significaría reconocernos como iguales?
¿De qué será capaz la vieja que ahora mismo está por treparse al ómnibus si yo, que ya tengo un pie en la escalerita y que hace diez minutos que estoy parado mirándolas pasar, me le adelanto y subo primero?”

Pongo el otro pie en el ómnibus, ya estoy arriba. Escucho que la vieja le dice a otra persona (probablemente una vieja): “¡Pero qué poco caballero!”
Me ruborizo. Siento mucha vergüenza. Me bajo y le digo: “Disculpe, señora, no la vi, pase…”
La vieja no agradece, resopla y pone cara de “no voy a agradecer el hecho de que me dejes pasar antes que vos, porque es lo justo, y la justicia no se agradece”.

Por fin, subo. Todas ellas ya están sentadas cómodamente. No hay asiento. Tengo que viajar de pie hasta el centro. Esta es mi suerte de hombre caballero (pienso), de caballero casi boludo (reflexiono), porque, hoy día, ¿qué otra cosa es la caballerosidad más que una enorme boludez que parte de una idea tan boluda como esa que afirma que las mujeres son inferiores a los hombres? No, señores, nunca lo fueron, y si lo fueron dejaron de serlo el día que se avivaron y comenzaron a subir primero al 148 con destino Ciudadela, aprovechándose de la ingenua caballerosidad de todos nosotros, hombres-caballeros-boludos.