Meteorito caería en Uruguay en 2017, según expertos









Atraer la atención de un número considerable de personas es lo primero que debe proponerse quien quiera compartir y masificar un mensaje. Para ello existen una gran variedad de recursos, algunos más sutiles y sofisticados que otros; claramente, aquí se ha recurrido a algo decididamente deshonesto, ya que el título y el contenido de esta nota corren por caminos paralelos: nunca se tocan.

Por lo expuesto, es probable que el lector se sienta traicionado, estafado en su buena fe, quizá hasta enojado, ante lo cual puede: o bien abandonar ya mismo la lectura de este texto, cosa que es poco probable, puesto que, una vez que ha llegado hasta aquí, qué sentido tendría retirarse sin saber cuál es el desenlace de estas líneas (prometedor, se los aseguro); o bien podría seguir leyendo, a regañadientes, sin ánimo, pero seguir leyendo al fin.

Habrá notado, mi muy estimado lector, que, en verdad, usted tenía y tiene una única opción sensata y razonable: seguir leyendo, lo que, de hecho, está haciendo. Y si lo hace es porque se le ha prometido un mensaje y un desenlace, los que quizá (quién sabe, se develará en breve) convivan en un mensaje-desenlace. 

Pero usted sospecha bien: el mensaje-desenlace es poco probable y, en caso de existir, no justificará jamás la lectura de todo este palabrerío.

Ahora, ¿por qué el lector no se retira ya mismo, cuando todo su instinto le da a entender que aquí no va a decirse nada verdaderamente trascendente, cuando todo indica que esta nota sólo persigue un único fin: concentrar y mantener la atención de quien lee?

Por la sencilla razón de que quien lee tiene siempre la esperanza de que algo suceda en la próxima línea; de ahí lo fascinante de ese ejercicio llamado lectura: quien lee tiene esperanza.

Cierto que “quien lee tiene esperanza” (más allá de su veracidad) suena bien y que, quizá con un poco de esfuerzo, podría hacer las veces de mensaje-desenlace, para, de ese modo, liberar al lector, ya malhumorado. Pero no, esto no ha sucedido por dos razones: en primer lugar, porque se pretende mantener la atención de sus ojos y su cerebro, estimado y paciente lector, durante un poco más de tiempo; y, en segundo lugar, porque si mientras se lee hay esperanza, ¿qué sucede cuando se deja de leer?

Usted está en lo cierto: puede abandonar ya mismo esta estupidez y emigrar hacia otra clase de textos que le proporcionen la misma (y probablemente más) esperanza. Pero ¿por qué no lo hace?

Puede que por respeto: abandonar un texto por la mitad es como pararse en medio de una obra de teatro para dejar la sala; pero más que nada es por su hermosa, infinita e ingenua curiosidad de lector: siempre tiene la esperanza de que, más allá o más acá, algo valioso se diga, y no quiere perdérselo.

Y yo se lo aseguro, ya falta menos para que algo se diga.