Me confieso adicto a la escritura










Me confieso adicto a la escritura, a este hermoso juego de sacar y poner palabras, a este fabuloso arte de cautivar ordenando veintisiete letras de manera distinta en cada hoja, a esta notable herramienta para comunicar opiniones, estilos y conocimientos, a este enriquecedor ejercicio de sonidos y sentidos que es escribir.

¿Notaron qué frase tan extensa? Sí, también yo lo noté. Y es que a mi adicción a la escritura se le suman siempre otras, hijas de ésta, momentáneas, que se alternan: sub-adicciones, podríamos decirles. Es así que desde hace un buen tiempo vengo padeciendo esa tremenda, asfixiante, agotadora (especial, muy especialmente para quien lee), desgastante y lastimosa costumbre de escribir largas, larguísimas, innecesariamente extensas oraciones, de esas que siguen, siguen y siguen hasta cansar la atención del lector, y resecar su boca, si es que lee en voz alta, llevándolo quizá a cerrar el libro, o la pestaña si es que está en Internet, al punto de que uno, cuando finalmente termina de leerlas, no recuerda ya su comienzo.

Pero. Bueno. Yo trato. De corregirme. Aunque sin exagerar. En mi corrección. Sí. No puedo. También es cierto. Así me recomienda un escritor. Amigo. Eso. Buen amigo. Yo le hago caso. A mi modo. Sin perder identidad. Sin diluirme en las fórmulas de la escritura universal, asquerosamente neutra; recetas para un texto lavado, con letras, palabras y oraciones cortadas todas con la misma tijera de la literatura comercial que sólo busca, despreciando los verdaderos fines literarios, insertarse en el comercio global con un best seller y así… (No, estás volviendo a caer. ¿Lo notaste? ¿Notaste me digo que estás cayendo nuevamente en una de esas costumbres que en este mismo texto asumiste estar tratando de corregir? ¿Notaste que la última oración, antes de este paréntesis en el que estamos (hermoso espacio el que conforman los paréntesis; me quedaría toda la vida a vivir acá, en este recoveco, en esta sabrosa pausa, en este sitio lleno de intimidad y calidez al que van a parar toda clase de acotaciones y elementos supuestamente no vitales (y en el que, sin embargo, suelen encontrarse esos toques mágicos que la escritura siempre guarda, nunca expone groseramente, porque la escritura no puede ser impacto y comercio, debe ser deleite, misterio y esperanzas)) iba rumbo a una extensión desmedida?).

Pensé, sinceramente, que había superado mi gusto por el exceso de paréntesis. ¡Y por los signos! Es que yo siempre me pregunto: ¿Por qué darle forma de pregunta a algo que bien podría ser aseveración, asumiendo así más fuerza, contundencia, y termino acá porque si sigo escribiendo quién sabe dónde y cómo termino?

Y así pasan las horas, los días y las adicciones del escritor…

Ah… los puntos suspensivos: llenan de suspiros la lectura, le suelen dar un aire de reflexión y filosofía a las oraciones, incluso a las más boludas: “Y así pasan las horas, los días y las adicciones del escritor…”, por ejemplo.

Boludas: las malas palabras sin sentido, que sólo llegan para descolocar al pobre lector, sin más razón de ser que esa: como si yo aquí mismo dijese culo. ¿Qué sentido tendría? Perdón, me corrijo: no tendría ningún sentido si yo aquí mismo dijese culo.

Y así pasan las horas, los días y las adicciones del escritor… ¿Diciendo culo? ¿Así pasan? Eso bien podría preguntárselo el lector, porque ya he escrito culo tres veces… Cuatro, ahora que lo pienso.

Las trampas al lector... Otro de esos vicios hermosamente incorregibles: decir lo que dije que no iba a decir, y no decir lo que dije que iba a decir. En fin, desdecirme, porque, en verdad, no soy adicto a la escritura, porque la adicción es una dependencia enfermiza, y yo no dependo de la escritura: ella es una parte indivisible e inalterable de mi persona.