Falso encuentro con Eduardo Galeano










Me había retrasado; tenía miedo de llegar y que él ya se hubiese ido. Pero no, cuando llegué lo encontré en el lugar acordado: en el primer piso del McDonald’s de 18 y Gaboto, al fondo, allí estaba Eduardo Galeano. Había pedido un McCombo para cada uno.

  — Buenas tardes, Eduardo, disculpe la demora ­—dije estirándole la mano en saludo.
  — No pasa nada —respondió levantando una ceja y sonriendo, estrechando mi mano.
  — Ya pidió la comida, qué vergüenza, permítame que le pague —dije avergonzado y tomando asiento.
  — Oh, claro que sí, Emiliano, son doscientos ochenta pesos —explicó acercándome el ticket; obviamente yo, en tanto entrevistador, debía pagar la totalidad de la cuenta.
 — ¡Qué disparate, Eduardo, ya no se puede ni salir a comer afuera! —exclamé mientras buscaba el dinero en los bolsillos de mi saco.
  — No te preocupes, me pagás después —sugirió el escritor con aire despreocupado.
  — Bueno, antes de irme hágame acordar que le devuelva la plata.
  Sonrió y se abalanzó sobre la caja de la hamburguesa. Comenzamos a comer.
  Durante algunos minutos conversamos sobre sus últimos problemas de salud y su evidente mejoría. Quise luego pasar a cuestiones más generales, sociales, teóricas, a la entrevista propiamente dicha.

  — ¿Y? ¿Cómo ve lo que está pasando en el mundo, Eduardo? —pregunté mientras mojaba una papa frita en la mayonesa.
  Asumo lo amplio de mi pregunta.
  —  Mirá… —hizo una pausa para terminar de tragar— la utopía está en el horizonte, cuando más te acercás, más se aleja, y vos te preguntarás, “¿para qué sirve, entonces, la utopía?”
  Yo, en verdad, no me lo preguntaba, tanto porque aquel planteo no tenía nada que ver con mi pregunta como porque ya sabía la respuesta; no obstante, fingí que sí me lo estaba preguntando:
  — Eso, Eduardo, ¿para qué sirve?
  — Para caminar, para eso sirve, amigo, para caminar…
  Quedé en silencio, tratando de parecer conmovido por sus palabras; por supuesto, la frase es hermosa, pero ha sido usada y abusada tantas veces que ya perdió toda su magia; uno va a la carnicería y el carnicero, mientras le mete la carne picada con grasa en la bolsa de nylon, le pregunta: “vecino, ¿usté sabe que la utopía está en el horizonte?”

  Eduardo estaba extraño, hablaba poco y con muchas pausas, más de las normales; parecía aburrido e incómodo.
  — Muy buena frase, me gusta mucho, pero quisiera alguna opinión suya sobre la crisis en Europa, el movimiento de los indignados y el colapso del paradigma neoliberal…
  Terminó de comerse la hamburguesa, se chupó los cincos dedos de la mano derecha (de a uno por vez) y respondió:
  —  Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos…
  “¡Uy! ¡La historia de los fuegos! —lamenté para mis adentros—. ¡Eduardo no tenía ganas de venir a la entrevista y no piensa responderme nada con sentido, me va a tirar por la cabeza todas sus frases célebres!”...
  — …pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende… —y tras decir esto se metió un puñado de papas fritas en la boca.
  Hubo un silencio inquietante, el cual corté abruptamente:
  — Y hablando de fuegos, ¿cómo cree usted que puede apagarse el fuego de la crisis neoliberal que amenaza al mundo?
  Admito: fui muy rebuscado.
  Su respuesta se demoró unos cuantos segundos, durante los cuales se bajó lo que quedaba de Coca, chupando insistentemente a través de la pajita, provocando finalmente un incómodo sonido. Le sacó la tapa al vaso, comprobó que no le quedaba nada y me lo acercó:  
  — ¿Ves esto?... Es un envase, y nosotros estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que…
   Sí, decididamente Eduardo Galeano no estaba en uno de sus mejores días y no tenía ganas de pensar ni de responderme absolutamente nada. Lo interrumpí:
   — Sinceramente, Eduardo… ¿por qué aceptó esta entrevista si no tenía ganas?
  Meneó la cabeza, puso cara de pensativo y luego respondió en un tono triste:
  — Pensé que me ibas a hacer completar el Cuaderno de la Amistad, es eso, simple y dolorosamente eso…
  Yo no lo podía creer. Seguro que la risa me ocupó toda la cara.
 — Uh, mil disculpas… Jamás pensé que un intelectual de su talla quisiese prestarse para una entrevista basada en el absurdo y que, por si fuera poco, se publica en un humilde blog…
  Se puso de pie, apretó fuertemente los labios y comenzó a hablar de un modo enérgico:
  — ¿Sabés qué pasa, Emiliano?... Pasa que estoy harto de ese prejuicio falaz según el cual los intelectuales somos gente estructurada, aburrida y de mal humor —Galeano había despertado como un fuego, pero no como uno bobo—. ¿Acaso creés que porque escribí “Las venas abiertas de América Latina” no puedo responderte de quién gusto, cuál es mi color favorito o a quien salvaría si se están ahogando García Márquez y Vargas Llosa? ¿Qué te hace pensar que yo tengo menos sentido del humor que Laura Canoura o que el flaco Lamolle? ¿Por qué suponés que a mis lectores no les gustaría saber a qué edad di mi primer beso, si soy feliz o con quiénes compartiría la mesa de Mirtha Legrand? —los ojos se le salían y ya gritaba escandalosamente; Ronald, todos los padres y los niños estaban en silencio, mirándonos— ¡Porque caés en el error de creer que el intelectual no tiene vida, que no es un ser humano sino una mera máquina de escupir pensamientos, tedioso y frío, insoportablemente rígido, eso y sólo eso!
  Un silencio pasmoso cundió en todo el local. Galeano comenzó a lagrimar y, con mucha congoja, habló muy sentidamente:
  ¿Por qué ni siquiera me ofreciste responder el Cuaderno? ¿Eh?... ¡Por qué!... ¡Por qué, Emiliano!... ¡Por qué!...
  Quise hablarle pero no pude reaccionar, estaba azorado. Tomó su campera y se fue… caminando con la cabeza gacha y en silencio, Eduardo Galeano abandonó el McDonald’s.

  Me quedé con mucha lástima porque no pude decirle que, cuando quisiera, le alcanzaba las preguntas del Cuaderno de la Amistad y, sobre todo, porque no pude devolverle los $280 que gastó en los McCombo… Lo llamé reiteradas veces y nunca me atendió. Aún guardo en un cajón sus casi trescientos pesos y las preguntas del Cuaderno: si alguien lo conoce o lo encuentra de casualidad, le pido se lo haga saber.