El hombre que vino a robarme un MP3 y se me quedó con todo







Era de noche. Iba caminando rumbo a casa, escuchando música, con una mano en el MP3 y la otra en el bolsillo, de paso lento. De pronto, de entre las sombras, apareció un muchacho que se me vino encima:

— ¡Dame eso o te quemo! —me dijo mirando el MP3 y apuntándome con un revólver.  
No me asusté. Suspiré y dije:

— No debería robarme, señor ladrón, porque si lo hiciese, y perdóneme que se lo diga, no estaría actuando de acuerdo al imperativo categórico kantiano, según el cual uno no debe hacerle a los demás lo que no quieren que le hagan a uno.
  
La respuesta del muchacho no se relacionó con mi pregunta:

— ¿Qué decí, puto? —dijo notoriamente alterado.

— Quizá no fui del todo claro. Yo lo que creo es que, en caso de robarme, usted estaría violando el imperativo categórico kantiano que dice que uno debe obrar sólo según una máxima tal que pueda querer, al mismo tiempo, se torne ley universal; y digo esto partiendo de la base de que usted no quiere que le roben.

— No creo en leyes morales —expresó el chorro a regañadientes, algo más calmo, pero siempre apuntándome con el arma.

Sonreí como dando a entender que no podía creer lo que estaba oyendo.

— ¡¿Así que el señor ladrón no cree en leyes morales?! —hablé indignado.

— ¿Y a usted que le importa en lo que creo yo? —preguntó el ladrón devolviéndome la gentileza del “usted”.

— No hay necesidad de formalismos —sostuve—. ¿Podemos tutearnos?

— ¡Sí! ¡Si vo decís!

—  Bueno, gracias.

— No, por favor, de nada, pero ¡dame el MP3!

— Quisiera dártelo, pero no puedo porque yo no acepto que me robes, porque yo no robo, y porque, en definitiva, no quiero que el robo se convierta en ley moral, puesto que, de ser así, esta sociedad se convertiría en un pueblo de demonios, en una guerra de todos contra todos.

El chorro bajó el arma, respiró hondamente y, muy sereno, reflexionó:

— Quienes carecemos de bienes y propiedades no estamos interesados en adherir a ningún tipo de contrato social.

Admito que me conmovió, que sus palabras tocaron mi razón y mi corazón, pero no podía permitirme, de ningún modo, justificar su actividad delictiva. Entonces respondí, enérgico:

— ¡Así está el país! ¡Ojo por ojo y el mundo acabará ciego!

— Gandhi nunca entendió la Ley del Talión —opinó el chorro que, ya para entonces, había guardado el revólver en el bolsillo. Charlábamos tranquilamente en una esquina—, que, lejos de incitar a la venganza, es un principio de justicia que refiere a cierta proporcionalidad entre el delito y la pena, ¿y qué pena justa podría caberme por robar algo tan mínimo y frívolo como un MP3? Seguro que ese aparato no vale ni media hora de cárcel… Pero ese no es el punto. El punto es que yo, en tanto elemento marginado del mercado laboral y de la economía de consumo, busco, mediante el robo, colaborar con la creación y desarrollo de ese “pueblo de demonios”, de ese estado de naturaleza en el que uno tiene absoluto derecho a poseer lo primero que encuentra; es más, yo diría, teorizando sobre la marcha, que, para quienes nos encontramos desprovistos de bienes y propiedades, el estado de naturaleza está ya instaurado en la Tierra, y entonces, para nosotros, no hay derecho público, sencillamente porque no concebimos previamente el derecho privado: ¿cómo habríamos de concebirlo si no tenemos nada? Por lo tanto, ese MP3 es tan tuyo como mío, simplemente porque en este estado de guerra en que vivimos los desplazados, lo tuyo y lo mío no existe, porque yo no existo, y porque, por ende, tampoco existen vos y la sociedad.

Me resultó sensato.

Fuimos hasta casa y le di las llaves, se la regalé: sí, le regalé la casa con todo lo que tenía dentro; le pedí que me cuidara las plantas y los perros. Me fui.

Al rato me descubrí con frío, hambriento y sin plata. Volví a mi antigua casa y le pedí al ex-chorro que me diese algo para comer y vestirme. Me cerró la puerta en la cara, me dijo que fuese a trabajar. Yo lo insulté y le desee lo peor y él me respondió que eso no era una ley moral; le contesté que yo no creía en leyes morales.