Manifiesto contra las viejas del 148







Mío, el asiento en ese 148 de regreso a casa era mío: indudable, innegable, escandalosamente mío.

Se levantó el señor, dispuesto a bajarse. Miré hacia todos lados y confirmé que el asiento me pertenecía. ¿Qué duda había? ¿Quién podía dudarlo? Todos en el 148 sabían que ese lugar me correspondía: to-dos.

Dejé mi bolso en el asiento. Acomodé mi cuerpo. Ya me deleitaba imaginando que el viaje de pie era cosa del pasado. Pero fue ahí que la vi. Venía desde lejos, con los ojos desorbitados y probablemente con espuma en la boca. Se asomaba a pasos agigantados. Las personas caían a su paso; caían desparramadas y heridas a ambos lados. Sí, era ella: indudable, innegable, escandalosamente era ella: la vieja de siempre, distinta pero igual, otra pero la misma.

No sé cómo, quizá no pueda explicarlo con claridad, pero fue como si hubiese volado. Sí, en esta vida lo más parecido que vi a un ser humano volando fue esa vieja. Porque voló. Estoy seguro que voló. Avanzó varios metros sin tocar el piso. 

Y lo logró, me quitó el asiento que era mío, que pasó a ser suyo.

Pude haberla pechado, haberla empujado con clase pero con ímpetu, era lo justo, pero no: por ahora no estoy dispuesto a hacer correr sangre por un asiento.

Por ahora, porque no sé hasta cuándo los hombres toleraremos esta clase de situaciones.

Probablemente sean estas las últimas líneas que escriba sobre ese fantasma que recorre todos los 148: la vieja. Porque de ahora en adelante no me queda (¡no nos queda!) más que la acción directa. Y conste que este escrito no busca señalar acusatoriamente a todas las viejas, puesto que, en verdad, no estoy en contra de las viejas concretas (ni siquiera de la que hoy mismo me robó el asiento), sino del sistema reproductor de viejas que se vuelven en el 148 más temibles que un talibán, que vaya a saber uno qué clase de sistema es.

Tenemos, hombres usuarios del 148, un asiento por ganar.