La izquierda: entre el optimismo y el pesimismo











“La única verdad es la realidad”, decía el General Perón en una frase tan conservadora como revolucionaria: si la realidad es entendida como una verdad objetiva pero inmodificable, las palabras de Juan Domingo asumen un carácter decididamente conservador y reaccionario; ahora, si Perón remarcaba el hecho de que no podemos eludir la realidad objetiva al momento de emprender distintos tipos de transformaciones, entonces sus palabras pueden invitar a la transgresión y asumir un sentido revolucionario.  

Los grandes revolucionarios han sido individuos capaces de enamorar a las masas con sueños colectivos, sueños desafiantes de realidades objetivas que supieron ser la única verdad. La derecha, en cambio, no tiene sueños, ni tiene por qué tenerlos: vive en un mundo que le pertenece y que, quizá con algunos inconvenientes, ha moldeado; en definitiva, vive en un mundo que le gusta y que desea conservar.

De lo dicho se desprende que la derecha es la realidad, mientras que la izquierda es el sueño, cuestión que va mucho más allá del hecho de que un partido de izquierda gobierne uno o varios países, o de que Bush sea derrotado en una elección: la realidad es de derecha porque el mundo es capitalista, y en el capitalismo las desigualdades entre personas y países, aun las más aberrantes, son naturales o, más bien, naturalizadas. Muy por el contrario, la izquierda asegura que no hay una naturaleza humana-social, o que si la hay no es la que el orden capitalista dice: si alguien de izquierda considera que los hombres han sido y serán por siempre malos, mezquinos, ambiciosos, ladrones y corruptos, entonces deberá replantearse su definición política, puesto que su militancia (orgánica o no) carece de sentido; después de todo, ¿quién está dispuesto a luchar, a trabajar voluntariamente, a pensar, a convencer y hasta a dar la vida por una causa rematadamente perdida?

Por eso, la izquierda es optimismo, pero no el optimismo ligero y frívolo de la derecha, que se ríe a sabiendas de que el mundo le pertenece y de que la vida (su vida y la de los suyos) es un carnaval, como dijese Celia Cruz en un potente manifiesto político-musical. El optimismo de la izquierda es otro, es el que le sirve para caminar (no es necesario caer en la frase utopía-horizonte). Pero a la vez, la izquierda es pesimismo: el pesimismo frente a una verdad-realidad que no le gusta, que no siente como propia y que, por ello, desea transformar.  

Todo esto queda de manifiesto en el tango Cambalache (casualmente escrito por el peronista Discépolo) que, al igual que la frase de Perón, puede ser tanto de izquierda como de derecha: decir que el mundo fue, es y será una porquería, puede ser parte de un discurso derechoso que llama a conformarnos con la realidad objetiva que nos rodea y a asumir que la misma está condenada a una eternidad inmutable; pero también puede interpretarse como un mensaje que invita a la rebelión, una rebelión hija del sueño de que el mundo se convierta en un lugar de libres e iguales, diferente a la porquería que hoy es.

Indudablemente, la realidad es la única verdad, pero finalmente se trata de tiempos: la realidad de hoy es la única verdad de hoy, pero no tiene por qué ser la de mañana. Así lo sueño yo.