Los incidentes en el Marconi y el valor de una vida








El domingo murió un joven de 25 años en el barrio Marconi, asesinado por una bala salida de un arma policial. Iba caminando con su hermana, juntando basura, cuando recibió el disparo mortal.

Pero la noticia no fue la muerte, sino el enfrentamiento entre unos pocos vecinos del barrio, armados con piedras, y los policías, quienes dispararon hacia todos lados, del mismo modo que dispara un niño que juega con un arma de plástico.

La muerte en sí no asombró ni escandalizó a nadie, no hubo grandes marchas mediatizadas ni caceroleos ni programas especiales de televisión. 

Tampoco le importó al sistema político: el oficialismo calla por cosas que antes lo hubiesen tenido en la calle, movilizado y pidiendo la renuncia del ministro y todos sus funcionarios más próximos; la oposición ni chista, sabedora de que escandalizarse por la muerte de un pobre no rinde en términos electorales en una sociedad cada vez más conservadora, además de que no tiene qué reprocharle a un gobierno que los ha dejado sin casi sin discurso en materia de seguridad: en este sentido, la política de Bonomi ha sido un éxito.

La Iglesia tampoco se ha pronunciado, hasta el momento. Ni las organizaciones que militan desinteresadamente en favor de la vida. Será tal vez porque la vida de un joven de 25 años, nacido y crecido en la exclusión, vale menos que la de un óvulo fecundado.
  
O puede que todas estas omisiones se expliquen por el hecho de que el muchacho no murió, puesto que, para todos ellos, nunca nació, jamás existió.

Finalmente, que él se dedicara a fumar pasta base "sin molestar a nadie", como algunos han dicho en su defensa, y desde la mejor intención, no sólo señala las culpas policiales en el operativo, sino que nos interpela a todos como sociedad: ¿en qué momento dejó de “molestarnos” que un joven, que cientos y miles de jóvenes, fumen y se maten todos los días en una esquina, en una casa abandonada, en un rincón oscuro de la ciudad?