Una reivindicación de Jalogüin










Las culturas no son parcelas eternas y estancadas, sino el resultado dinámico de múltiples interacciones. Ya casi no existen culturas que puedan ser explicadas sin revisar otras. El mundo es global para bien y para mal: tomamos lo mejor y lo peor de cualquier parte. En términos culturales, la humanidad tiende a enriquecerse y empobrecerse uniformemente. De modo que nadie puede, por estos días, jactarse de una identidad absolutamente propia, nacida de un pequeño colectivo e inmodificable a lo largo de varias décadas o siglos. Las cosmovisiones, las costumbres, las tradiciones, todo viaja de un lado a otro, mezclándose y convirtiéndose en algo nuevo, algo brevemente nuevo, insumo de futuras novedades.
Todos los pueblos incorporan elementos culturales ajenos (por imposición, por verdadera convicción o por lo que fuere), y, combinándolos con los más antiguos y propios, los hacen parte de su sistema cultural, dándoles una nueva forma y un nuevo sentido.
Y eso es lo que ha sucedido con Halloween (o Jalogüin, como deberíamos empezar a llamarle), una fiesta tan nuestra como el carnaval de los tablados, la Vuelta ciclista y la Noche de la nostalgia. Que los niños uruguayos disfrazados de vampiros sean, un 31 de octubre, personajes tan comunes como un murguista en febrero, no es algo que deba escandalizarnos, tanto porque la murga tampoco nos pertenece, como porque Halloween no es propiedad exclusiva (ni siquiera creación) del imperialismo cultural estadounidense. De la fiesta celta a la calabaza yanqui, y de la calabaza yanqui al niño uruguayo que deambula con una túnica desprendida y un maquillaje precario, hay una sumatoria de procesos culturales de formación y deformación del mito, que lo vuelven algo nuevo en cada contexto.
Si Halloween, o Jalogüin, no llama la atención de alguno de nosotros, podrá ser porque se trata de una celebración sin grandes méritos artísticos. Pero no por tratarse de una cuestión foránea: siendo así, deberíamos abandonar el fútbol, el teatro, el cine, el rock,  la cumbia, la escritura e internet, y solamente para empezar.

A lo sumo, habrá que adaptar el "dulce o travesura" a nuestro contexto. Algo así como "dame un caramelo o te rompo todo". Quién sabe.