Sobre el miedo a discutir








Crecí escuchando a personas que decían “yo no discuto de política”. Otras iban un poco más lejos: “yo no discuto ni de política ni de fútbol”. Pero la cosa empeoró: “yo no discuto ni de política, ni de fútbol, ni de religión”, escuché decir a alguien en una reunión familiar.

   Me pregunté aquella vez, y me pregunto hoy, de qué discuten aquellos que no discuten sobre cuestiones políticas, futbolísticas o religiosas. La respuesta puede ser fácil: sobre cine, libros, amor, etc. Pero, después de todo, la respuesta es lo que menos me interesa, porque mi pregunta encierra la cuestión que quiero abordar: ¿por qué negarse a discutir sobre aquellas cosas que necesariamente traen consigo diferencias abismales o matices? Ello implica, además, que la discusión sólo es deseable cuando los temas en debate resultan insignificantes, de modo tal que las diferencias le importan a nadie, que da lo mismo decir A o B, que los argumentos son lo de menos porque la cuestión en sí es intrascendente.

  Muchos podrán argumentar que las discusiones desembocan en enojos, y hasta en ruptura de relaciones, no sin que les asista la razón. Para esto, decir que el problema, entonces, no son los temas que se debaten (política, fútbol, religión), sino el carácter de los que discuten, su temple, su mesura, su educación, su tolerancia. Entonces, habrá que apostar a un cambio cultural y no a la eliminación de la agenda de los temas en los que más discordamos; habrá que entender que la negación de las discusiones más intensas y en las que más difieren las visiones (seamos sinceros: las mejores) no es un mérito, sino una terrible amenaza: el silencio no elimina las diferencias, las oculta, y genera dos o más mundos de ideas que no interactúan, cada uno de los cuales se retroalimenta de un modo creciente y peligroso.

  En las últimas décadas, la negación de las discusiones de fondo se puso de moda: llegó el turno de los técnicos, porque “los políticos sólo se pelean entre ellos”. Como se parte de que la razón de los técnicos es la única y la verdadera, discutir se volvió un sinsentido; es como dice mi abuela cada tanto: “Yo no discuto porque sé que tengo la razón”.
  Y es que discutir es asumir que existen muchas razones, muchas verdades. Por ello, celebrar el ejercicio de las discusiones políticas, sociales, económicas y culturales más profundas, es reconocer que hay diferentes puntos de vista, que nadie ganó, y que probablemente nunca nadie ganará, y, fundamentalmente, que la historia, mal que le pese a Fukuyama, no llegó a su fin... si es que lo tiene.