La nota más trascendente










Lo intrascendente, decimos redundando, es lo que no trasciende. Y lo que no trasciende es lo que no perdura: lo breve, pobre e inconsistente. Y decimos breve desde el punto de vista conceptual, puesto que existen muchas maneras de extender hasta el infinito un bodrio infundado, vacío, incapaz de transmitir algo. Esto es la brevedad (¡o hasta nulidad!) conceptual.

El arte no puede permitirse estos lujos: está llamado a buscar la trascendencia; a tratar de trascender al menos en una sola persona, y aunque sea durante un par de minutos.

Si “La vida es bella” no nos hiciese perder ni media lágrima; si “El almohadón de plumas” no nos hiciese sentir al menos un leve temor, al menos una mínima duda ante cada almohadón de plumas que se nos cruza en el camino; y si el “Guernica” no nos provocase horror y desconcierto, entonces éstas no serían obras de arte; o, mejor dicho, no serían buenas obras de arte, al menos para nosotros.

Cuando miramos una película, leemos un libro o admiramos un cuadro, y sentimos mientras lo hacemos que anímica y espiritualmente no nos está sucediendo nada, y después que no hemos recibido nada útil, que nuestra idea del mundo no se ha alterado en lo más mínimo, que nuestros sentimientos no se han movido ni un milímetro, que nuestros miedos, esperanzas, dudas y certezas continúan inalterables, bueno, es que hemos estado entregados a una mala obra de arte, a un mal arte, a un arte malo, conceptualmente muy breve, pobre e inconsistente.

Haga usted la prueba. 

Termine, por ejemplo, de leer una nota, y luego pregúntese: ¿sigo pensando, sintiendo, dudando, amando, odiando y/o creyendo lo mismo que antes de leerla? Si la respuesta es sí, estuvo perdiendo el tiempo.