El humorista que quiso ser correcto










 El humorista salió a escena.

 Las bromas y los chistes comenzaron a discurrir con una buena respuesta por parte del público. Pero el clima fue interrumpido por una mujer rubia de ojos saltones que, poniéndose de pie, vociferó:

 — ¡Esto es una cosa de locos! ¡Hacer chistes con la locura! ¡Cómo puede incurrir en semejante humor cuando muchas familias sufren la esquizofrenia de alguno de sus miembros! ¿Esto es una falta de respeto o yo estoy loca?

El humorista quedó atónito. Pidió disculpas a la mujer, dejó el chiste por la mitad  y pasó a contar uno de gallegos que a nadie ofendió. Al rato, el humor recayó sobre las prostitutas.

— ¡Mi madre fue puta y a mucha honra! —gritó un tipo desde el fondo—. ¡Lavate la boca antes de hablar de las trabajadoras del sexo!
— Yo no quiero ofender a nadie —explicó el humorista—, sólo hago chistes…
— El humor no puede ser ofensivo jamás, ¡nunca! —sentenció el tipo, dando lugar a un aplauso que llenó la sala.
— ¡Callate, hijo de puta! —dijo la loca, dando lugar a una carcajada generalizada —. ¡Y vos, humorista, volvé a los chistes de gallegos, que no joden a nadie!

Un viejo se paró en la primera fila:

— Bueno, ahora que lo dicen… pues, yo nací en Galicia y…
—  ¡Qué tiene que ver! Estamos hablando de gallegos… ¡De España! —dijo uno.
— Galicia queda en España, ¡gallego! —le explicó la rubia.
— Bueno, calma, calma —pidió el humorista—. ¿Y si cuento uno de enanos?
— Creo que en ese caso, yo podría sentirme ofendido —dijo un petiso parándose en el asiento.
— El enanismo es una enfermedad, y usted es sencillamente corto —afirmó una mujer que luego se presentó como doctora.
— ¡Yo soy enano, carajo! —lanzó el pequeño sujeto.
— Creo que deberíamos medirlo. Y una vez que sepamos cuánto mide, estaremos en condiciones de decir si es un enano o un simple petiso, lo que nos permitirá saber si en esta sala es correcto contar chistes de enanos o de petisos, que, aunque se parecen, no son lo mismo.

Las palabras de la doctora fueron bien recibidas, y alguien le alcanzó un centímetro. La doctora concluyó que el pequeño ser estaba a medio camino entre el enanismo y la brevedad física más vulgar. Entonces, para no herir susceptibilidades, los chistes de enanos y de petisos fueron descartados por igual.  

— A ver…—dijo el humorista mientras pensaba— ¿Alguien acá es judío?
— ¡El dueño de esta sala! —recordó una voz.
—  Bueno, esos chistes mejor me los ahorro...
— ¡De ese comentario al anti-semitismo hay un paso! —exclamó un hombre trajeado desde la puerta, que no era otro que el dueño de la sala—. ¿Por qué no te hacés el gracioso con el Ayatolá Jomeini?
— ¡Por sobre mi cadáver! —exclamó un barbudo envuelto en trapos—. ¡Se meten con el Ayatolá y este lugar vuela en mil pedazos! —amenazó poniéndose de pie.

La sala quedó en silencio: se calló el pequeño señor que seguía hablando con la doctora, tratando de convencerla de que era más enano que petiso; el hijo de puta dejó de golpear a un muchacho que le había pedido el teléfono de su madre; la loca interrumpió su charla con la butaca; el gallego se sacó el centímetro de la cabeza, con el cual estaba tratando de medir su inteligencia. Porque todos quedaron sumergidos en el más absoluto y temeroso silencio.

— ¡Tranquilos! ¡Era un chiste! —exclamó el barbudo enseñando una risa que le ocupaba toda la cara.

Algunos sonrieron nerviosa y tímidamente. Otros se le sumaron con más fuerza. Cuando quisieron acordar, estaban todos riendo a carcajadas.