El dilema Corea del Norte - Estados Unidos










La posible guerra entre Corea del Norte y Estados Unidos (vía Corea del Sur), plantea un dilema interesante: por un lado, el régimen norcoreano resulta difícilmente defendible, tanto desde la más liviana promoción de los Derechos Humanos, como desde la aceptación más tímida de ciertos principios democráticos; por otro, cualquier persona medianamente comprometida con la autodeterminación de los pueblos y la paz mundial, no puede menos que indignarse ante la presencia militar estadounidense en Corea del Sur y la política agresora e imperialista que, desde ese país, Estados Unidos lleva a cabo contra el régimen de Pyongyang.

Necesaria se torna una aclaración: el horror de Guantánamo, la aplicación de la pena de muerte en muchos de sus Estados y los crímenes que Estados Unidos ha cometido y comete contra distintas poblaciones del mundo, hacen de su vociferada lucha por los Derechos Humanos un gesto de auténtico cinismo; no obstante, ello no convierte a Corea del Norte (enemigo declarado de Estados Unidos) en un emblema de dicha causa, ni mucho menos: los arrestos arbitrarios, las ejecuciones públicas y hasta los campos de trabajo son reconocidos tanto por Amnistía Internacional como por el propio gobierno (aunque las cifras suelen diferir). Es decir, no sirve contestar una acusación con otra: las invasiones de Irak o de Vietnam no pueden justificar los crímenes de los Kim; ni los crímenes de los Kim pueden ser usados para argumentar en favor de la presencia yanqui en Corea del Sur.

Dicho lo cual, explicamos el dilema inicialmente planteado: un Estado con una política interna condenable se enfrenta (por ahora, al menos, sólo verbalmente) a un Estado con una política externa imperialista repudiable. Entonces, ¿cómo pararse? ¿Qué hacer?

Claro que no es necesario inclinarse por alguno de los bandos cada vez que estalla una guerra. Sentir esa obligación moral y actuar en consecuencia sería infantil. Pero no menos terrible resultan las frases simplificadoras que aseguran que todos los gobiernos del mundo son siempre igualmente belicistas e insensibles, hijas de la misma haraganería intelectual que lleva a sentenciar que “todos los políticos son iguales”.

Porque mientras Corea del Norte busca sobrevivir como nación (lo que ha llevado al país a tener el cuarto ejército más grande del mundo, y a destinar un cuarto de su PBI al desarrollo nuclear), Estados Unidos pretende perpetuarse como poder imperial, alardeando de su capacidad para intervenir en cualquier lugar del planeta, y tratando especialmente de fortalecer su presencia en Asia, con los ojos siempre puestos en China. Por lo tanto, la lucha es entre un país que quiere sobrevivir y un Imperio (no es demagogia discursiva; es la pura verdad) que se resiste a seguir perdiendo terreno.

El ideal sería la desaparición de los imperialismos del escenario internacional, y el respeto a la soberanía de los pueblos; así como una forma más humanista de gobierno en Corea del Norte, aclarando que no nos referimos al fin del régimen Juche, ni a la implantación de una democracia al estilo occidental: la democracia en el escenario internacional debe evitar la prepotencia que lleva implícita toda receta universal, siendo tan terrible pretender el fin del imperialismo estadounidense gracias a una guerra nuclear, como arrasar un país para instaurar una democracia, como si ésta pudiera imponerse con tanques y misiles (Afganistán, Irak y Libia son las muestras más claras y recientes).

Como vemos, el asunto no es sencillo, y nos enfrenta a varias contradicciones. Pero como creemos que todo no da igual, decimos:

1. Estados Unidos es el principal impulsor de la guerra: no tiene nada que hacer en Corea del Sur, país al que se supone libre y soberano.

2. Corea del Norte no hace más que defenderse de amenazas externas, y su belicosidad (discursiva o real) es parte de esta estrategia defensiva.

3. El imperialismo estadounidense, con su bloqueo económico y sus amenazas a Norcorea (desde la administración Bush), y en especial con su política exterior de la última década, pareciera justificar el gasto militar norcoreano y el desarrollo de su programa nuclear. Si Corea del Norte no contara con el poderío militar que hoy tiene, ¿seguiría existiendo o ya hubiese sido invadida, ocupada y ultrajada?

4. No se puede reclamar la libertad y la igualdad entre los seres humanos (esencia, al menos en el papel, de las democracias occidentales) si no se respetan la libertad y la igualdad de los países. Y viceversa, por supuesto. Pero con la diferencia de que Corea del Norte no se presenta como estandarte de nada a nivel mundial, ni tiene hoy intenciones imperiales.