La filosofía detrás (o dentro) del huevo frito







Comenzaré afirmando que detrás (o dentro) del huevo frito se esconden valiosos mensajes de vida, quizá pilares de futuras filosofías/religiones alternativas, quién sabe. 

Para explicarlo mejor, abordaré al huevo frito desde tres aspectos: el respeto a la diversidad de huevos posibles, la dificultad o no que implica su preparación, y los malos resultados con el huevo propio.

“¡Qué estupidez!”, pensarán muchos.

Piensan bien.

Pero, después de todo, ¿qué religión/filosofía no se inició como un reverendo disparate?

Veamos.



Primer punto:

Yo siempre me reí de los huevos de mi tío (a ver, no le veo la gracia; no me refiero a eso; no manejo el humor verde; directamente no manejo el humor; así que de ahora en más eviten segundas lecturas chabacanas). Hasta que comprendí que resulta fundamental el respeto a los huevos fritos en todas sus formas, tamaños, colores y sabores. De lo que se desprende el primer mensaje, tan sencillo como profundo: 

Respeta a los demás, si quieres que te respeten.

Lo que, en un sentido algo más específico, quiere decir: no tiene autoridad para enojarse con quienes se burlan de su yema dura, quien ha sabido burlarse de la yema bien líquida de otros.



Segundo punto:

Hacer un huevo frito no es tan fácil como se cree. Yo subestimé durante muchos años a mi tío: “hablás como si se tratara de una ciencia”, le decía. Hasta que un día me emancipé, porque así es la vida, porque a todos nos llega la hora de comenzar a madurar, a crecer, en definitiva, de dejar de ser niños para siempre: fue así que a los veinticinco años me hice mi primer huevo frito… ¿Para qué ahondar? Sospechan bien. Fue una experiencia fallida (estuve tentado de decir que las primeras experiencias con los huevos siempre son fallidas, pero no lo dije a sabiendas de que hay gente muy guaranga en la vuelta). Ustedes dirán, entonces: ¿y el mensaje? Ahí viene, y saquen apuntes porque promete: 

Nunca subestimes a alguien que hace cosas que tú nunca has hecho.

Lo que, en términos menos universales, significa: Preparar un huevo frito no es soplar y hacer botella



Tercer punto:

¿Por qué cuando uno hace huevos fritos para otros, el propio es el que le queda peor, más desprolijo, menos formadito, menos tentador? Tengo la respuesta: porque primero uno le hace los huevos a los demás (dicho con todo respeto) dejando para el final al huevo propio; y para entonces ya está uno cansado, podrido del olor a aceite y de quemarse con las gotas que saltan. Entonces, viene ahora la tercera gran reflexión:

 Hay que interesarse por los demás, pero no al punto de desinteresarse por uno mismo.

O, siendo un poco más concreto: hay que ponerle el mismo entusiasmo a todos los huevos, tanto a los propios como a los ajenos.



En fin.

Para muchos, esta nota pasará sin pena ni gloria.

Para otros, el huevo frito, de ahora en adelante, marcará sus vidas y se convertirá en el símbolo de una nueva filosofía/religión alternativa que, como tantas otras, cuesta un huevo.