Periodismo, políticas públicas y casos particulares










La televisión tiene su propia lógica. No está mal, así funciona. No puede ser un aula, tampoco un teatro: es un medio de comunicación específico con una lógica concreta, dominado por el vértigo y la estética. Pero aun dentro de este panorama existen distintas manifestaciones televisivas, una de la cuales, quizá la más popularizada, es la que he bautizado Tele-culo.

La Tele-culo no es necesariamente un grito escandalizado contra las mujeres en pocas ropas. Tomo al culo como ejemplo inmejorable de un tipo de propuesta televisiva reactiva: las nalgas televisadas no pretenden más que provocar algo inmediato en el televidente (excitación, en la mayoría de los casos; aunque también envidia, risas, asombro, quién sabe). La cuestión es que frente a la imagen expuesta, no hay lugar para interpretaciones, para segundas lecturas. La tele muestra y el espectador, desde su casa, actúa. Es decir, la tele activa al espectador pasivo: acción-reacción, sin procesos, sin el menor espacio para la duda, la crítica o los silencios.

Pues bien, la Tele-culo se observa en todos los géneros televisivos, dominando al entretenimiento, desde luego, pero impregnando cada vez más los espacios noticiosos y periodísticos. Anoche, la televisión uruguaya dio una muestra ejemplar de periodismo con fines reactivos: me refiero al programa de canal 4 “Santo y Seña”, y concretamente a su informe sobre las políticas sociales en Uruguay.

El informe del programa conducido por Nacho Álvarez se apoyó en: a) testimonios de ciudadanos que no habían recibido asistencia por parte del Mides, cuando creían merecerla; b) una cámara oculta a una señora que recibía el beneficio de la Tarjeta Uruguay Social; c) opiniones críticas sobre los planes sociales (desde Astori hasta un par de representantes del Partido Nacional, pasando por la estelar Graciela Bianchi); y d) la participación muy minoritaria de un actor que quedó en un lugar secundario, en una notoria desventaja en cuanto al tiempo que tuvo para su exposición. Me estoy refiriendo al Estado, más específicamente al Mides, que se expresó mediante su ministro Daniel Olesker (la situación desventajosa de Olesker frente a los otros testimonios y “pruebas” fue violatoria de los principios elementales del periodismo más formal y pretendidamente objetivo, al cual “Santo y Seña” asegura pertenecer; a no ser que se haya pasado al campo del periodismo militante, en el cual quizá ya esté hace mucho, sin asumirlo).

Lo cierto es que el informe no fue más que una colección de lugares comunes sobre los planes sociales, una serie de clichés escasamente elaborados, pero muy extendidos, sobre la asistencia social, los cuales parten de cierto sector de la opinión pública, son recogidos por los medios y nuevamente publicados, de modo que la idea no hace más que reforzarse. En verdad, el origen de tales opiniones es incierto: los medios y una parte de la sociedad se retroalimentan constantemente.

Y si bien estas investigaciones, por llamarles de algún modo, presentan muchos puntos débiles en cuanto a su contenido, desde el punto de vista del envoltorio muestran una buena elaboración: la falta de datos se suple con la espectacularidad, las opiniones más vulgares son esgrimidas por gentes de renombre (lo que viene dar la idea de que se está diciendo algo científico), y una serie de testimonios sin rostro y cámaras ocultas dan la sensación de estar ante una denuncia de peso.

Con todos estos elementos, “Santo y Seña” construyó su relato sobre los planes sociales en Uruguay, basándose en un puñado de casos de personas que, a la vez que denunciaban a otras que habían sido beneficiadas sin merecerlo, creían que las ayudas estatales les correspondían. Y sobre esta base de excepcionalidad y casos residuales, el programa hizo pasar la parte por el todo. Porque la realidad social no importa: importa (ya por falta de capacidad, ya por animosidad, ya por ambas cosas) crear una realidad social para televisión.

Porque la televisión tiene su propia lógica, y no siempre puede estar perdiendo el tiempo con cifras, datos, documentos, sociólogos, trabajadores sociales, expertos en políticas públicas y todas esas cosas. Razón por la cual se hace una realidad adaptada a la televisión, contada en tiempos televisivos, para ciudadanos televizados en términos intelectuales.

Entonces, los planes sociales en Uruguay se reducen a dos testimonios, desde los que se tejen toda clase de maliciosas sospechas que afectan al universo de los beneficiarios de la ayuda estatal. El mismo fenómeno se observa cuando se utiliza el testimonio de una mujer cuyo hijo fue víctima de un asalto para explicar la seguridad/inseguridad en el país. Es el mismo mecanismo: la parte por el todo. Tan errado como basarse en el caso de una persona que nunca fue robada, para sentenciar que no hay inseguridad en el país; o como contar la historia de una mujer que gracias a la asignación familiar le puede comprar ropa a su pequeño hijo, y sólo a partir de ella decir que las asignaciones familiares son bien utilizadas en el cien por ciento de los casos.

Definitivamente, explicar y analizar las políticas públicas partiendo de historias particulares es un sinsentido inadmisible. Desde luego, se puede partir de alguna vivencia concreta, pero sólo si luego se arriba a datos generales y argumentaciones de fondo. Porque si cada política pública fuera considerada desde el análisis de un par de historias particulares donde priman el error y la trampa, llegaríamos a la conclusión de que ninguna política pública merece existir.

Con la presentación televisiva de las políticas sociales del Mides hecha por “Santo y Seña”, lo que se consigue es que una parte de los seguidores del programa escupa sus pensamientos más rudimentarios, pero ahora apoyados en una base aparentemente sólida, como la que supuestamente demostró el informe: da igual que se diga que los planes sociales son para mantener vagos, y que al instante se pida que lleguen con justicia a todos los que los piden y merecen; no importa que una televidente asegure que hay quienes se compran una moto con el dinero de la reventa de los alimentos obtenidos en el supermercado mediante la Tarjeta Uruguay Social (por lo general, ochocientos pesos mensuales). Los razonamientos no tienen lugar en esta televisión: es una televisión de sensaciones, reactiva, que no busca el análisis serio, sino despertar cosas en el público.

Todo esto lo explicó muy bien el periodista argentino Jorge Lanata, luego de la primera emisión de su show televisivo en 2013, cuando dijo: “A mí me interesa y me sirve que toda esta gente esté saliendo a hablar. Yo preferiría que siguieran hablando. Nosotros el domingo hicimos 22 puntos [de rating]. Ayer estuvimos el Telenoche e hizo 19 puntos. Entonces esto se va a terminar no el día que Canicoba Corral lo diga [la Justicia], esto se va a terminar el día que la gente lo diga”(1).

Es decir, el éxito de un programa periodístico no está en la dureza de sus datos, o en la credibilidad de sus fuentes, sino en la repercusión que obtienen sus informes. Sin dudas, este periodismo puede decir que trabaja para la gente, para una determinada gente, desde luego. Es el periodismo que publica la opinión de una parte considerable de la opinión pública, pero a la que pretende darle aires de profunda denuncia y ciencia irrebatible. Considerando esto, y tomando en cuenta los comentarios que aparecen en la página de Facebook de “Santo y Seña” (2), puede decirse que el informe sobre las políticas sociales del Mides fue exitoso.





Notas