La naturalidad de lo político





La idea de “naturaleza humana”, en tanto características esenciales y compartidas que nos son innatas a los seres humanos, resulta bastante discutible. Es más, si algo puede decirse es que, naturalmente, los humanos somos muy poca cosa: el instinto ha sido ampliamente superado por la razón y la cultura.

Por lo que, si ya la idea de naturaleza humana es, como mínimo, muy discutible, qué podemos dejar para quienes plantean que en las sociedades, construcciones complejas y arbitrarias, hay realidades naturales, como, por ejemplo, las injusticias.

Y si resulta discutible hablar de una naturaleza humana, y afirmamos que no existe la naturaleza social, debemos ser más claros al momento de decir que en política nunca pudo haber ni habrá cuestiones naturales. Y esto porque la política, en un sentido tan estricto como moderno, se asocia a la búsqueda o retención de la dirección del Estado, aparato coercitivo que regula la vida social en un territorio determinado. ¿Y puede alguien decir que el Estado sea algo natural? ¿Y qué hay de natural en un partido político?

Desde luego, los hechos sociales o políticos pueden repetirse, y a partir de dicha repetición podemos establecer algunas leyes, lo cual no los vuelve naturales, sino, y a lo sumo, momentáneamente naturales, reales en una coyuntura. Porque la sociedad en general, y la política en particular, son construcciones humanas, y como dijimos antes, la naturaleza humana, en caso de existir, es muy acotada. Por lo que nada humano podrá ser natural, sino que será siempre construido, por acción u omisión.

Eso sí, negar la naturalidad de los hechos sociales o políticos no es lo mismo que el voluntarismo: tan peligroso como creer que todo es natural, es negar el grado de arraigo e institucionalización de lo establecido (de lo momentáneamente natural). Parece evidente que la sociedad es siempre la que habitamos, que los ciudadanos somos lo que somos, que los políticos son lo que están, pero ninguna de esas construcciones humanas concretas surgió naturalmente, sino que fue el producto de una sumatoria compleja de voluntades y azares. 

Así, para construir otra sociedad, otros ciudadanos u otros líderes políticos, el primer paso es descreer de su carácter natural, eterno e inmutable. Punto éste nada menor, porque la creencia o no en la naturalidad de lo establecido divide claramente a los humanos de izquierda de los de derecha: para los segundos, por ejemplo, lo injusto es natural, de manera que uno no puede menos que aceptarlo como eterno e invariable; mientras que para los primeros, las injusticias son reales pero no naturales, puesto que, si lo fueran, no tendría sentido luchar contra ellas: ¿quién podría luchar contra algo naturalmente dado? 

Es más, la artificialidad de las construcciones humanas queda en evidencia cuando su pretendida naturalidad puede discutirse seriamente en la práctica.