Amor y Política: cómo unirse sin dejar de ser uno









Si bien puede decirse que uno nunca se encuentra pleno, totalmente realizado, la sensación que brinda el enamoramiento es que, en compañía de lo amado, el enamorado está más completo que antes: ríe como nunca, disfruta más cada instante, trabaja mejor, estudia con entusiasmo, entre tantas otras posibilidades.

Y de ahí la necesidad de estar con: si estoy con, estoy con mi mejor yo, o con mi yo mejorado. Desde luego, el amor puede parecer algo bastante egoísta. Pero ése no es el punto ahora. Lo que nos importa es la necesidad de estar con el objeto del amor que se produce en el enamorado, la cual surge del beneficio de la complementariedad y de la ilusión de la completud: si pensamos en un amor correspondido (como haremos de ahora en más; además, pensaremos en parejas cuyos miembros coinciden en sus emociones), observaremos que cada una de las partes se siente completa, o al menos más que antes, gracias a la interacción amorosa, lo que viene a implicar que el otro aporta algo que uno no tenía, o tenía escondido, latente, olvidado.

Entonces, el proceso amoroso no es más que la unión constante (no sin fricciones, claro está) entre dos partes que se complementan, cada una de la cuales va descubriendo en la otra aquello que más le ayuda en sus anhelos de plenitud.

Ahora bien, como es de prever, la cantidad de descubrimientos suele ir decreciendo conforme pasa el tiempo, sobre todo por un cansino proceso de mimetización: llega un punto en el cual ella siempre sabe lo que él va a decir, y en cual él ya conoce cada cosa que la hace enojar, llorar o reír. Podría pensarse que éste es el punto ideal del amor. La cuestión es que no lo es, o que sí, pero que, a su vez, suele encerrar la tragedia amorosa: el mismísimo y temido fin del amor.

El fin del amor llega cuando las dos partes ya se comportan como una, y, en tal estado de situación, ninguna tiene nada para descubrir en la otra; ambos carecen de opiniones propias, y en caso de tenerlas las callan en pos de la unidad definitiva; a su vez, ya no hay necesidad de estar con el otro, pues no aporta nada nuevo: es como estar con uno mismo; la complementariedad ya no existe, porque no se puede complementar lo que es igual. La ilusión de la completud se derrumba, y se impone la necesidad de nuevos objetos amorosos, de nuevos descubrimientos.

Tal es la paradoja de las relaciones de pareja: a medida que evoluciona y se profundiza el amor, los actores se unen con mayor firmeza; mas llega un punto en que ambos están tan unidos que parecen ser una misma persona, siendo ahí que el amor decae, decae hasta desaparecer: sin misterios ni dudas, sin nada para descubrir ni nada para elegir, no hay amor, sino costumbre y ahogo.

Ahora bien, resulta evidente que no todas las parejas fracasan. Muchas logran amarse sin avasallamientos, aceptando las diferencias, respetando y celebrando la individualidad, lo que en la práctica es, por sobre todas las cosas, aceptar el conflicto: las parejas sanas no son las que no discuten, sino las que abordan abierta y civilizadamente las diferencias.

Conste, para finalizar, que lo expuesto no es parte de una lógica únicamente de pareja: la tensa relación entre la unión y la individualidad (que no es lo mismo que el individualismo) puede observarse en muchos otros órdenes. En los partidos políticos, y en la vida social en general, se impone constantemente el desafío de mantener la individualidad, aun bajo los efectos del enamoramiento que algún colectivo humano nos pueda, natural y felizmente, producir: ser parte de algo sin dejarse ser por ese algo; integrarse sin dejar de ser uno; entregarse a la fascinante aventura personal de andar descubriendo cosas, sin esperar descubrirlo todo y para siempre; preferir las buenas diferencias a las asfixiantes unidades que, finalmente, desenamoran.