La lógica del show televisivo










El objetivo del espectáculo es entretener, y el entretenimiento es naturalmente ligero, escasamente complejo. La televisión comercial esto lo entiende bien, tanto que hace del show su formato favorito. Si este estado de cosas es parte de la naturaleza televisiva, o si es responsabilidad del público y/o de los programadores, es algo difícil de descifrar; por ahora, me conformaré con decir que los productos televisivos están dominados por la lógica del show, lo que nos interesa especialmente puesto que la sociedad se modela, entre tantas otras cosas, por las formas y estilos de las fuerzas mediáticas.

Entiendo por show televisivo la presentación destacada (en forma y tiempo) de un hecho, compuesto de una o de varias situaciones coherentemente concatenadas, y cuyas características fundamentales son la brevedad y el impacto. La brevedad es conceptual, mientras que el impacto es el fin y la excusa: “estamos ante un hecho impactante, que paraliza al país, y tenés que verlo para seguir paralizado, para impactarte”. A su vez, la brevedad es también temporal, puesto que el impacto nunca puede sostenerse por mucho tiempo: lo que genera alarma el lunes, es el viernes una noticia periférica.

Esto lo veremos considerando los tres shows que tuvieron lugar la semana pasada en la televisión nacional: la entrega de los premios Martín Fierro, la balacera en Pocitos y el anuncio de la candidatura de Vázquez.

Sobre la ceremonia de entrega de los Martín Fierro no hay mucho para decir, puesto que directamente se trató de un espectáculo construido desde y para la televisión: escenario, actores, suspenso, bien y mal vestidos, exitosos y perdedores, alegrías y frustraciones, justicias e injusticias, todo temporal y físicamente concentrado: nada más simple y lineal que una premiación. El impacto fue el lunes de noche, y sus repercusiones se extendieron durante el martes y el miércoles.

La balacera en Pocitos, en cambio, constituyó un hecho social al cual la televisión tomó para sí y vendió bajo sus propias formas. El tiroteo entre bandos resultó un dato especialmente favorecedor de la brevedad conceptual: unos y otros se enfrentan; buenos y malos en una disputa cruenta. Hay impacto pero no brevedad, podrán adelantarse muchos, dado que la inseguridad es un tema recurrente. Sin embargo, la inseguridad es el argumento constante, pero los shows (escenarios y actores) se renuevan cada poco tiempo: a esta balacera la suplanta un asesinato, y a éste lo condena al olvido una violación, y así… El tiroteó sucedió el lunes de tarde, pero el momento de impacto televisivo se vivió en buena medida durante el martes (imágenes, testimonios, declaraciones, etc.). No sabemos hasta qué punto el show podría haber logrado un punto aun más alto el miércoles de noche, en los informativos centrales, dado que el globo que parecía estar a punto de estallar se desinfló ante el “sí, acepto” de Vázquez.

El anuncio de la candidatura de Vázquez fue un hecho político, sucedido al margen de cualquier instancia formal, que se sirvió de la lógica televisiva del show para alcanzar difusión y reforzarse como acontecimiento político. La campaña de expectativa, iniciada por Vázquez desde hace ya largo tiempo, generó ansias, misterios y toda clase de especulaciones, ingredientes fundamentales de cualquier espectáculo que busque captar la atención del público. El anuncio, finalmente, llegó el miércoles a la hora de los informativos centrales, cuando un grupo de dirigentes salió de la casa del expresidente con cara de haber ganado el Martín Fierro de oro: el clímax. La historia prosiguió con la maratón por los informativos del presidente Mujica, que celebró la noticia como quien festeja algo que lo toma por sorpresa. Luego de la algarabía de los fieles, el protagonista rompió el silencio y salió al balcón, lo que en estos tiempos es salir a la prensa. Vázquez eligió a “Santo y Seña” de Ignacio Álvarez para obtener un protagonismo mediático directo. Y si bien la nota había sido grabada un día antes de la decisión, podemos suponer que se trató de una jugada estudiada: ¿cómo no detenerse a ver y escuchar a Vázquez la noche de su anuncio? En definitiva, una larga novela sucedida en el escenario mediático, cuyo desenlace espectacular no podía tener lugar en otro espacio que no fuera la televisión.

Estos tres acontecimientos mencionados han sido presentados bajo la misma lógica del show, con simpleza conceptual y alto impacto: exitosos y fracasados en una premiación; la inseguridad reducida a un balacera con buenos y malos absolutos; un político en su casa dice “sí, acepto”, dando lugar a festejos y enojos. Es decir, hechos consumados ante los que el público sólo puede alegrarse o sufrir, aplaudir o putear. El contexto, las explicaciones y la complejización sólo estorban, puesto que Lanata ganó, el policía ya está muerto y Vázquez aceptó.

Claro que una premiación no se presta para desarrollos de ningún tipo, justamente porque se trata de un show pleno y auténticamente simple. Sin embargo, el rol pasivo de los televidentes-ciudadanos ante hechos sociales o políticos es muy otra cosa. Y conste que cuando repruebo la pasividad no hago un llamado a la acción directa, a la participación en una balacera o a la militancia en la casa de Vázquez. La pasividad condenable es la del público que recibe el show y se limita a aplaudirlo o a condenarlo sin el menor matiz, sin la menor interpretación personal, siendo de este tipo de planteos binarios que se desprenden los agravios fieros y las peores obsecuencias, las negaciones de la realidad y el horroroso “hay que matarlos a todos”. El maniqueísmo es parte de la brevedad conceptual antes referida, y a la vez su consecuencia social.

Las redes sociales expresan esto en buena medida, pese a ser un medio en el que la ciudadanía goza de cierta libertad como para discutir las formas dominantes del debate. En ellas, hay más ironías que análisis, las grandes sentencias cosechan más elogios que las dudas, las personalidades públicas son amadas u odiadas, y los políticos son atacados o acatados; aunque, sin lugar a dudas, se trata de un espacio más democrático que la televisión, en el que, con cierta frecuencia, pueden leerse buenas argumentaciones y profundos intercambios de opiniones.

No estamos en condiciones de saber hasta cuándo la lógica del show dominará la televisión, adueñándose de sucesos políticos y sociales; tampoco podemos exigirnos como sociedad abandonar las síntesis, las ironías o las consignas; pero levantarse de la butaca ante un show demasiado burdo puede ser un buen primer paso.