¿Quién dijo que todo está perdido?









Uno de los errores de buena parte de la izquierda del siglo XX, fue creer que la historia ya estaba escrita. Nada de eso: la vida es una sumatoria compleja de voluntades y azares, y quien crea que en política hay fenómenos naturales, no puede ser de izquierda, porque la izquierda es, entre tantas otras cosas, cuestionar lo naturalizado por quienes detentan el poder.

Cierto que con la voluntad no alcanza: querer no siempre es poder, pero para poder primero hay que querer. Y después de querer viene la historia,esa combinación ingobernable de decisiones y contingencias que lleva a que, entre tantos millones de sueños y locuras, siempre alguno triunfe. Porque si de locuras hablamos, ¿qué fue juntar a los comunistas, a los socialistas y a los democratacristianos en 1971?

El Frente Amplio soportó décadas de maltratos, de burlas y derrotas; resistió al terrorismo de Estado y, siendo también una minoría política, logró trabajar con las mayorías sociales para frenar la entrega de nuestras empresas públicas, algo “natural” en la década de los noventa.

De modo que ningún frentista puede decir que no sabe lo que es ser parte de un sueño en minoría, de un colectivo rebelde, de una derrota que enorgullece.

Que Constanza Moreira haya obtenido casi un 25% de los votos en el Congreso del FA, a lo que debemos sumarle un 10% de abstenciones, y todo sin contar con el apoyo de ninguna de las grandes cúpulas de la coalición, es una señal esperanzadora: la lucha de ideas todavía no ha sido plenamente sustituida por la lucha entre sectores; el movimiento no quiere dejarse devorar por la coalición; los independientes no se han rendido.

¿Qué pasará después? Nadie puede saberlo: que la candidatura “natural y única” no superara el 70% de los votos en el Congreso, con el respaldo de toda la dirigencia, era algo difícil de imaginar hace algunos meses atrás. Así que lo que viene dependerá, no sólo pero sí en buena medida, de nosotros mismos.

De nosotros y de otros como nosotros. Porque como decía Benedetti, en unas palabras que me han servido lo mismo en la política que en la vida: uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.