Una hora junto al Partido Uruguayo











Sábado. Acuciado por una curiosidad sólo equiparable al aburrimiento, me largué hasta el Palacio Peñarol, donde se desarrollaba el acto de lanzamiento de campaña del Partido Uruguayo, devenido Unión para el Cambio, el cual había comenzado a las doce del mediodía y se extendía hasta las doce de la noche: sí, ni El Show del Mediodía duraba tanto en sus mejores momentos.

Llegué a la cinco de la tarde. En la puerta, un par de puestos de venta de tortas fritas, uno de panchos y otro de choripanes; una camioneta, dos o tres autos; niños que jugaban llevando en sus cabezas vinchas y gorros del partido; un veterano con cara de poco amigos que hacía las veces de guardia de seguridad, y una militante-promotora desganada que debió haberme dado la bienvenida.

Entro.

El Palacio estaba decorado con guirnaldas hechas a base de banderitas de Uruguay, mientras las gradas lucían numerosos carteles con mensajes del estilo de “Tupas devuelvan la bandera” y “El laburo es mi Mides”, y otros un tanto más confusos como “Bienvenida Patria Sindicalista”; la palabra “seguridad” se leía por todas partes, y una leyenda que llamaba a “tomar la calle” para hacer renunciar a los políticos corruptos, le daba a uno la sensación de estar en medio del mayo francés, sensación que se desvanecía al bajar la vista: en la platea no había más de cien personas, lastimosamente dispersas y hastiadas.

Familias humildes y adolescentes de estilo plancha conformaban el público mayoritario. Una decena de militantes-promotoras y otra de tipos que se encargaban de la seguridad, totalmente vestidos de negro y con brazaletes de la Unión para el Cambio, recorrían el lugar como hormigas. Finalmente, no resultaba difícil advertir quiénes eran los dirigentes del partido: vestían ropas más formales, andaban siempre serios, rara vez se mezclaban con el resto y sólo conversaban entre sí; se los notaba distantes de la masa e incómodos.

En el escenario, grande y perfectamente iluminado, y con una gigantesca pantalla de fondo, tenía lugar una poco elaborada imitación del presidente Mujica, que combinaba chistes irrelevantes con un discurso político carente de sutilezas, desde el cual se criticaba al Frente Amplio y se anunciaba que con el surgimiento de la Unión para el Cambio había nacido una esperanza. La perorata, extensa e inconducente, fue interrumpida abruptamente por el conocido conductor de eventos Jorge Lenoble, encargado de presentar los diferentes shows. Al imitador de Mujica le siguió El Gucci (pocos días atrás había estado en un acto frenteamplista: estamos en condiciones de dudar de su conciencia de clase). El muchacho interpretó unas cinco canciones, durante una de las cuales el falso Mujica, Lenoble y dos promotoras adolescentes conformaron un vistoso trencito frente a unas banderas patrias que pretendían recordar el sentido de todo lo que sucedía. 

Mientras El Gucci se lucía para un puñado de señoras y adolescentes, las promotoras repartieron alfajores de chocolate en cuyo envoltorio se encontraba el logo del partido: esta crónica sería tendenciosa si no dijera que se trató de un bocado verdaderamente delicioso.

Luego de desprenderse de los alfajores, varias de las promotoras se sentaron en una esquina rodeando a Santiago Bernaola, el ex-cronista policial de canal 4, que, en actitud de patrón de estancia, compartió su mate con las jóvenes. Es oportuno contar que Bernaola es actualmente conductor del programa de radio del Partido Uruguayo, y que se erige como uno de sus referentes ideológicos.

Se fue El Gucci y con él unos cincuenta gurises. El animador anunció que había llegado el momento del humor: un sketch "como los de antes" en un acto "para toda la familia". Dos sillas blancas de plástico aparecieron en el escenario, las que fueron ocupadas por dos jóvenes. Él hacía de psicólogo, y ella, la modelo Fiorella Delgado, interpretaba a una prostituta con fiebre uterina que por culpa de "los ardores" había tenido que introducirse un muñeco del Todo Gigio entre las piernas. Una señora que había gozado con el arte de El Gucci, le comentó a su acompañante: "esto es horrible". La situación terminó con una descolgada crítica al gobierno: la prostituta quejándose porque hasta a ella le hacían pagar el IRPF. Este comentario, en medio de un sketch que hubiese sonrojado a Jorge Corona, fue uno de los elementos políticos más fuertes que presencié en el acto.

Entre tímidos aplausos, los muchachos abandonaron la escena, dando paso a una nueva humorada: hija quizá de un pos-modernismo exagerado, no fue entendida ni seguida por nadie. En defensa de los actores, digo que para entonces el lugar estaba invadido por una espesa humareda: a alguien en algún lugar se le habían quemado los chorizos. Los jóvenes huyeron del escenario sin la menor repercusión.

Pero cuando parecía que el evento estaba hundiéndose en el tedio, el humo y la escasez humana, Lenoble anunció la presencia de Daniel Alejandro: el ícono del mundo del espectáculo criollo había llegado para prestigiar la gala. Cabe preguntarse si Daniel abandonó su idea de candidatearse a diputado por el Partido Nacional, para sumarse a las filas del Partido Uruguayo, o si estaba allí simplemente dando su apoyo a una organización hermana de la suya, también defensora de los valores, la familia y los grandes dueños de la tierra y los "tratores".

Seguidamente, salió a escena un imitador de Susana Giménez, que muy positivamente resignificó el trabajo de su antecesor. Volvió la modelo Fiorella Delgado al escenario y le preguntó a Lenoble qué posiciones sexuales había probado el día del sexo: hubo algunas menciones a "la carretilla".

Susana comenzó a discutir algo incomprensible con una señora gorda que gesticulaba mucho desde la platea. El humo, que había cesado, volvió. Una mujer cincuentona, que repartía vinchas, se me acercaba peligrosamente con evidentes deseos de adoctrinarme. Miré el reloj y advertí que hacía más de una hora que estaba encerrado en ese mundo paralelo.


Salí a la calle. El sol me sacudió y el viento me refrescó la conciencia. Pensé que lo que allí adentro tenía lugar no podía ser superado, pero me equivoqué: estaban llegando los camiones de Bafo da Onça.