El muchacho que fue a comprar pastillas anticonceptivas








Llevábamos dos años de novios y habíamos pasado muchas cosas juntos, pero la vida siempre impone desafíos nuevos, y un día me tocó asumir lo que nunca había querido: tuve que ir a la farmacia a comprarle las pastillas anticonceptivas. Conste que yo siempre me había negado a hacerlo. Siempre. Por temor, por respeto, por vergüenza, quién sabe. Pero aquella noche ella estaba enferma y no podía salir, de modo que tuve que ir a la farmacia porque no tenía más remedio.


Respiré hondo y salí. Durante todo el camino fui pensando cómo pedirlas. Si la farmacéutica me preguntaba “Hola, ¿qué va a llevar?” y yo le respondía “Hola… Divina”, o simplemente “Divina”, iba a pensar que me la estaba cargando, lo cual no tardaría en llegar a los oídos de mi amada, generándome luego vaya uno a saber qué clase de conflictos. Y si le decía “Divina 21”, creería que aparte de cargármela le estaba diciendo mi edad. Y si le preguntaba “Hola, ¿tenés Divina 21?” pensaría que tengo dificultades al momento de ordenar las palabras y armar una oración. Tampoco sabía el nombre de otra marca, ni consideraba oportuno pedir pastillas por miedo a recibir un paquete de mentitas, que si bien son efectivas al momento de entretener la boca, no se les conoce mayores virtudes al momento de evitar un embarazo. Por todas estas razones, concluí que lo mejor sería pararme frente a la farmacéutica y decirle: “quisiera llevar un paquete de pastillas de esas que evitan el embarazo de las mujeres”. Luego modifiqué la oración, quitándole la parte que decía “de las mujeres”: era innecesaria.

Llegué a la farmacia: la farmacéutica no estaba; me habría de atender Ramón.

Delante de mí había una doña, y a los pocos segundos cayó una muchacha, quizá la más hermosa del barrio: fue siempre mi amor platónico. Ni bien la vi, tuve que cambiar de plan: no podía pedir pastillas anticonceptivas por dos razones: primero, la mujer de mis sueños inferiría que yo tenía una relación estable y perdería todo interés en mí; segundo, creería –y no sin razón– que yo no quería tener hijos, es decir, que no era un hombre hecho y derecho, maduro, y que, por lo tanto, no podría nunca ser el padre de sus hijos, nuestros hijos. Entonces decidí comprar condones. Pero ¿cuántos?

Primero pensé comprar una caja, pero entendí que daría la apariencia de ser un hombre sexualmente modesto. Luego resolví comprar cien. Sí, cien cajas. Mi idea era comprarlas y mirarla con cara de “andá calculando...” Es más, supuse que sería irresistible si los compraba saborizados, y encima con sabor a banana o algo por el estilo. Pero también desistí: todo me pareció un exceso, y no quería quedar como esos tipos que presumen de lo que carecen; además, y les soy sincero, no me alcanzaba la plata. Por eso, resolví comprar dos cajas de condones comunes: dos; como ese soldado que no tiene miedo a disparar, pero que tampoco anda disparando a tontas y a locas.


Llegó mi turno. Era mi momento. Me tocó a mí…


Entró mi suegro. Me saludó y se quedó a mi lado. Me sentí acorralado. No quería comprar las pastillas, pero ahora tampoco podía pedir condones, pues el padre de mi novia descubriría que su hija y yo teníamos relaciones sexuales sin habernos casado. “¿Qué va a llevar?”, me preguntó Ramón. Miré hacia todos lados y, bajo la atenta mirada de mi suegro, pedí lo primero que vi: “un pote de vaselina”.