Un hombre











Cierta vez, una periodista le preguntó a Chávez cómo le gustaría ser recordado, y él respondió: como un hombre.

Y así lo quiero recordar por estas horas, como el niño humilde de Sabaneta; como el joven que jugaba al béisbol y ensayaba poemas y pinturas; como el militar inquieto que leía a escondidas libros prohibidos; como el hombre capaz de describir con detalles cada rincón de su país; como aquel que se acordó de los olvidados y asumió su causa hasta el final, aun cuando le advertían que ya no podía, que su cuerpo lo estaba traicionando; como aquel que una noche de diciembre se subió a un avión, miró hacia el horizonte y gritó “¡Viva la patria!”, para luego emprender su último viaje a Cuba… como el hombre que pidió que no lo dejaran morir.

Cuando pienso en Chávez, pienso en un hombre común, y a la vez extraordinario, que se convirtió en un presidente transgresor y excepcional, contradictorio, lleno de luces y sombras, necesario.

No me gusta pensar en Chávez como un superhombre, un semidiós. Creo que fue un buen tipo, poseedor de una gran sensibilidad, de un coraje especial y de un carisma magnífico. 

Olvidarlo será tan difícil, que ni siquiera vale la pena intentarlo.