Negar o asumir








Podemos coincidir, al menos, en que la campaña electoral del Frente Amplio dista mucho de ser la ideal. Mi opinión, tan honesta, arbitraria y discutible como la de cualquiera, es que es mala, que está conceptualmente errada. ¿Por qué? Porque sus mensajes van dirigidos a un público muy restringido, está excesivamente concentrada en Vázquez y se encuentra dominada más por la respuesta que por la iniciativa. Todo esto lo paso a desarrollar brevemente.

En primer lugar, decir que las barriadas y los discursos de barricada son gestos que, en el mejor de los casos, sólo pueden llegar a entusiasmar a un frenteamplista ortodoxo. Así, el FA parece olvidar a su electorado crítico, ese al cual ya no se lo convence con apelaciones emotivas o azuzando fantasmas. A la vez que descuida a los electores de centro y menos politizados, quienes encuentran en el marketing nacionalista elementos mucho más atractivos. Mientras Lacalle Pou le habla a toda la sociedad, el FA se dirige, por forma y contenido, a sus adeptos más fieles, alimentando un círculo vicioso de escasa repercusión social.  

Por otro lado, el frenteamplismo se ha concentrado excesivamente en la figura de un Vázquez que no se encuentra en su mejor versión, y que, además, dirige un comando de campaña armado según sus criterios personales. En tanto, Sendic parece no encontrar un lugar de trascendencia, mientras otras figuras como Oscar Andrade, Constanza Moreira y Daniel Martínez, por nombrar a tres personas con un gran potencial, se encuentran limitadas al trabajo a la interna de sus sectores. En definitiva, el FA relega una de sus mayores virtudes: lo colectivo y lo diverso.

Finalmente, el FA perdió la iniciativa y apenas si se limita al contragolpe: en las respuestas a “la bandera” o en la utilización de la estética de Lacalle Pou, éste demuestra su triunfo comunicacional. Al marcar la agenda y el tono de la campaña, el candidato nacionalista puede discurrir tranquilamente entre lo meramente declarativo, lo canchero y lo banal, evitando tener que adentrarse en el terreno de las ideas y el pensamiento.

En resumen, estamos en el escenario ideal para la derecha uruguaya: una campaña vacía, con una izquierda que sólo apunta a su público más fiel desde un candidato demasiado anunciado. Estas son las razones más importantes que se me ocurren al momento de tratar de explicar lo que está sucediendo. Quizá le erre. Pero lo importante no es cuánto pueda "acertar" yo, sino que el colectivo frenteamplista advierta que algo preocupante viene sucediendo.

Están ahí las encuestas que desde hace unos cuantos meses indican una caída del FA en su intención de voto. Uno las puede ver y analizar. O puede mirar para otro lado, como se ha hecho tantas veces. Porque esta no es la primera señal de alarma que se enciende. Recuerdo al pasar que en las elecciones departamentales de 2010, el FA perdió cuatro intendencias en el interior del país y sufrió un duro retroceso en Montevideo, donde el voto en blanco y anulado llegó al 13,8%; en 2012, las elecciones para la presidencia de la fuerza política no sólo no lograron entusiasmar a la militancia, sino que además un 16,2% votó en blanco; en 2013-14, el descontento con la figura de Vázquez y parte del aparato asumió una forma política concreta, que obtuvo una buena votación (más de 50 mil votos) en el marco de una elección interna en la que la izquierda votó mal; y no me parece menor el hecho de que la campaña del FA rumbo a las internas haya sido fallida de punta a punta.

Todas estas alarmas han sido mayormente subestimadas o directamente ignoradas por la dirigencia y los núcleos más duros de la militancia, quienes apelan para ello a los argumentos más diversos (no “creer” en las encuestas parece la cima del absurdo).
Claro que el convencimiento pleno de estar en lo correcto ofrece una ventaja inmediata, que es un placentero sentimiento de gloria y conformidad. Pero cuando ello implica desconocer una realidad objetiva, la negación termina alimentando al monstruo de la derrota.

Desde luego, la izquierda necesita distintos tipos de autocrítica, algunas más inmediatas y otras más filosóficas y estructurales. Pero ahora se está en una campaña electoral y en poco más de dos meses la ciudadanía elegirá un nuevo gobierno, es decir: el tiempo que queda es probable que no alcance para cambiar el mundo y generar una izquierda nueva e ideal, pero es suficiente como para torcer el rumbo de las encuestas y la opinión pública; suficiente como para demostrar que, con todos sus errores y defecciones, el FA es capaz de gobernar el país mejor que la coalición de blancos y colorados.


Eso sí, antes será necesario comprender que admitir un defecto o una desventaja no debilita, sino que fortalece, porque la gente no quiere partidos perfectos ni líderes que se las sepan todas. Para cambiar la realidad, el FA debe encararla sin miedo, teniendo claro que negarla es perder, y asumirla es ganar.