Tabaré es Tabaré









“Stirling es Stirling” o “Abreu es Abreu” supieron decir dos campañas electorales que, si algo tuvieron en común, fue el amplio margen que las separó del éxito. Lo cierto es que en esas frases tan breves reside una verdad que no por obvia es menos importante: X es X. Es decir, Stirling no es Sanguinetti ni Jorge Pacheco Areco, sino que es Guillermo Stirling. Del mismo modo que Abreu no es Aparicio Saravia, porque es Sergio Abreu.

Tal redundancia conceptual, tal reafirmación casi enfermiza de la identidad propia (que a primera, segunda o tercera vista puede resultar innecesaria) perseguía un objetivo claro: comunicar la idea de que Stirling era lo que era, y que, por lo tanto, no cabía esperar otra cosa de él; como no cabía esperar un levantamiento armado de parte de Sergio Abreu, porque “Abreu es Abreu” y no Aparicio Saravia.

Lo que se ofrecía, entonces, era un producto constante y coherente: predecible. Es el mismo recurso al cual apela el “Kesman es Kesman”: una manera concisa de decirte que si querés escuchar un relato auspiciado por la Real Academia Española, andá cambiando de radio.

Y aunque la frase no haya sido dicha durante la última campaña, implícitamente recorrió buena parte de los mensajes que se transmitieron desde el comando vazquista: me refiero a “Tabaré es Tabaré”, algo que por estas horas ha quedado más claro que nunca, o igual de claro que siempre.

Vázquez es, efectivamente, un político de certezas. Es el otro extremo del “como te digo una cosa, te digo la otra”. En él no hay exabruptos ni saltos al vacío. Tampoco hay lugar para ensayos. Ignora el significado de la palabra riesgo y desconfía de todo lo que no puede controlar. A diferencia de Mujica, rara vez se le puede escuchar un discurso de pretensiones filosóficas, porque lo suyo es la realpolitik. Tampoco gusta del bochinche democrático que tanto favorece el actual presidente: prefiere el silencio y el orden de las mesas chicas en las que el poder se distribuye de un modo tajante y unívoco, a veces doloroso. El lema “Orden y Progreso” lo pinta de cuerpo entero: exige orden (en su lenguaje: obediencia) como condición para el progreso. Y por si fuera poco, tiene el antecedente de su gobierno ordenado que, en líneas generales, hizo progresar al país.

Tabaré es Tabaré, y si sus métodos lo caracterizan, también su honestidad: nunca prometió una revolución ni dijo pretender impulsar un estallido de participación durante su gestión. Su objetivo es administrar el Estado con metas cortas pero reales. Si para ello debe armar un comando de campaña y un gabinete de amigos y asesores personalísimos, lo hace. Si con tales actitudes el Frente Amplio se desdibuja y debilita como fuerza política, no le preocupa: después de todo, es su gestión de gobierno; y el FA su soporte electoral y humano. Esto la coalición de izquierdas lo sabe y es el costo que ha decidido pagar.

Habrá quienes digan que el candidato se debe a la fuerza política y no al revés. Pero saber qué parte del 53,6% que votó a Vázquez lo eligió personalmente a él, cuántos votaron al Frente Amplio y cuántos la continuidad del progresismo en el gobierno, resulta difícil de descifrar. Lo que sí es seguro es que Tabaré Vázquez gobernará el país desde el 1 de marzo de 2015, y nadie podrá decir que no lo conocía. Enojarse con Vázquez porque toma decisiones fundamentales sin consultar a nadie, es como criticar a Mujica por sus impulsos y puteadas luego de haberlo votado.  


Tabaré es Tabaré y el que avisa no es traidor.