La Justicia, los fines y los medios










Ante los crímenes espectaculares, esos que por alguna razón son consumibles, los medios se transforman en un escenario en el que periodistas y comunicadores juegan a ser detectives, policías y hasta fiscales. Cada medio se comporta, de facto, como un Estado paralelo que se piensa poseedor del derecho a descubrir la verdad, difundirla y hacer (a su modo) justicia. Se da así una loca competencia con el objetivo de saber y comunicar primero la verdad, de hacer justicia antes y mejor. En esta carrera, la verdad cede reiteradamente ante la primicia, y la justicia asume forma de escrache. Cada vez más, lo justo se parece a lo vendible.

Acudimos, entonces, a un giro en la historia: de la Justicia con venda en los ojos, pretendidamente objetiva y cuidadosa, se pasa a una “Justicia” que ve cualquier cosa y que, por si fuera poco, pide ser vista. Y es en el deseo de “ser vista” que la Justicia Mediática incurre en la violación de toda clase de normas éticas y legales: los testigos pueden ser acosados por una cámara cuando arriban a un juzgado a declarar; la vida entera de los sospechosos se ventila impunemente con todos sus detalles; costumbres, experiencias y fotos privadas de la víctima se vuelven públicas, dándole al cuerpo asesinado otro golpe brutal con cada publicación.

Nunca faltan a la cita quienes dicen que la libertad ejercida al momento de publicar un horror se contrarresta con la libertad del consumidor, que puede cambiar de canal o cerrar el diario ante cada aberración periodística. Pero tal argumento ignora que, más allá del público, en la privacidad publicada hay un derecho vulnerado. Y es que aunque nadie o todos sean espectadores de los detalles más íntimos de una vida, la divulgación de la privacidad no dejará por ello de ser inadmisible. Porque si los medios alcanzan su perdón en la responsabilidad del televidente y en el logro de un rating descomunal, entonces la privacidad, particularmente, o el Derecho, en general, pasarían a estar regidos por las leyes del mercado.

Los medios de comunicación privados son un negocio, lo cual hoy no está en discusión, y me declaro, por si hiciese falta, defensor a ultranza de la libertad de prensa. Pero quiero ser enérgico al decir que el repudio a la censura no puede confundirse con el permiso para hacer y decir cualquier cosa, sobre todo cuando se daña a terceros. La libertad de prensa debe encontrar en los derechos de los ciudadanos un límite claro y contundente.

Los medios, como parte de nuestra sociedad y en tanto poder establecido, deben estar sometidos a algún tipo de contralor. No pueden ser una excepción jurídica, una isla moral, un fin en sí mismo.