El derecho a la idiotez











Umberto Eco arremetió contra las redes sociales, acusándolas de dar espacio a “legiones de idiotas”.

Lo primero que me provocaron sus palabras fue una gran simpatía. Mientras las leía, mi mente no dejaba de revivir posteos dedicados a relatar las acciones de todo un día, tuits sin gracia ni contenido, opiniones al boleo, surgidas más por el deseo de opinar que por el conocimiento real del tema abordado.

Ahora bien, ya en frío me permití algunas preguntas, como qué es ser un idiota, quién determina quiénes son idiotas y quiénes no, y, por último, por qué los idiotas (suponiendo que podemos detectarlos a partir de un cierto consenso) no tendrían derecho a expresar sus idioteces en las redes sociales.

Estas cuestiones se responden de un modo, si se quiere, relativamente fácil: la idiotez es algo no del todo objetivo y cualquiera tiene derecho a opinar. Y quien discrepe con estas premisas tan elementales quedará, junto a Eco, en las puertas del peor elitismo intelectual, que conduce, entre otras aberraciones, a la defensa del voto calificado y a la democracia de los ilustres (si se me permite el oxímoron).

Pero no importa. Hagamos de cuenta que la idiotez es algo simple de identificar, y digamos que idiota es cualquiera que esté por debajo del promedio en ciertas pruebas de coeficiente intelectual. La pregunta, luego, sería: ¿los idiotas adquirieron visibilidad e importancia recién con la llegada de las redes sociales? Todo hace pensar que no. 

Legiones de idiotas gozan desde hace siglos de abundante espacio en las altas esferas del arte y del poder; producen y reproducen hechos y contenidos desde ámbitos mucho más significativos que unas humildes cuentas de Facebook o Twitter, mayormente consumidas por unas pocas decenas de personas (a lo sumo). 

Legiones de idiotas han creado música y moda, producido un sinfín de películas, otorgado y recibido premios, manejado medios de comunicación y gobernado lo mismo empresas que países.

Así que, en todo caso, sólo podremos acusar a las redes sociales de haber democratizado el derecho a manifestar la idiotez, de permitirle a cualquier laburante, abuela o gurí de barrio ser visiblemente tan idiotas como tantos escritores, comunicadores, pensadores, empresarios y políticos consagrados.

Por si no quedó claro: un idiota de boliche tiene el mismo derecho a expresar su idiotez que la escritora Mercedes Vigil. Porque el derecho a la palabra trae consigo el derecho a quedar como un idiota, del mismo modo que la libertad habilita al error. Y si no, alcanzará con leer al gran Umberto Eco diciendo idioteces, discutidas en un modestísimo blog por un idiota cualquiera.