Una familia extraterrestre en Uruguay










Hacia fines de marzo de 2016, un platillo volador que sobrevolaba Montevideo sufrió un desperfecto y se estrelló en el mar de la playa del Cerro, provocando en la zona un leve movimiento telúrico.

Aquella noche, la nave se hundió en el fondo del mar y sus tripulantes, una familia de cuatro extraterrestres provenientes de una galaxia lejana, permanecieron atrapados durante horas. Recién a la mañana siguiente pudieron escapar y llegaron nadando a la orilla de la playa del Cerro. Allí se encontraba Nano Folle, que había terminado un móvil en vivo.

Cuando estaban por abandonar el lugar, Folle y el camarógrafo quedaron azorados al ver que del agua emergía un ser muy raro de ojos gigantes, cabezón y pelado. Inicialmente creyeron que podía ser Daniel Martínez, pero enseguida repararon en que el intendente no era verde. Detrás venían otros tres. Evidentemente eran seres de otro planeta. Dos adultos de casi dos metros de altura y y otros dos más pequeños, que rondaban el metro y medio.

El comunicador se les acercó y les preguntó si querían hacer un móvil para Arriba Gente, y contarle a Humberto de Vargas de dónde eran y qué estaban haciendo en Uruguay, y cómo habían vivido el temblor de la noche anterior. Telepáticamente, el padre de la familia verde le dijo que mejor no, que estaban cansados, que habían chocado y que necesitaban reponerse. Acto seguido, le pidió mucha discreción y un lugar donde descansar.

Así, Nano Folle terminó llevando a su casa a quienes, tiempo después, serían los primeros seres de otro planeta declarados oficialmente ciudadanos de la Tierra, más específicamente, de Uruguay.

Durante semanas, Folle los alojó en su hogar, los cuidó, les brindó amor y comprensión. Y se dedicó a explicarles qué y cómo era nuestro país.

Padre (así se comenzó a llamar; el resto eran Madre, Hijo e Hija) se mostró muy interesado en cuestiones políticas, y prontamente se sintió fascinado por la figura de José Mujica. Meses después, terminaría usando frases como “no sea nabo, mijo” o “como te digo una cosa, te digo la otra”.
 
Madre, en cambio, dedicó sus días de cautiverio a leer toda la obra de Idea Vilariño y Juana de Ibarbourou, actividad que intercalaba con mirar la tele, especialmente los programas de la mañana. En secreto, se sentía atraída por Marcel Keroglián y soñaba con viajar en el Taxilongo.

Hijo e Hija, por su parte, vivían jugando y mirando videos en unas ceibalitas que Nano les había conseguido.

Así su vida, hasta que una noche sucedió algo inesperado.

Madre y Padre estaban mirando el informativo del 4 y, durante la tanda, quedaron estupefactos al ver el adelanto de “Santo y Seña”.

La voz de Nacho Álvarez decía: “Vinieron de otro planeta y viven escondidos en Uruguay. Pero… ¿a qué se dedican estos marcianos? ¿Venden drogas? ¿Son parte de una red de trata espacial? ¿Y es verdad que, como denuncian algunos vecinos, están cobrando el Plan de Emergencia? Esta noche no te pierdas Santo y Seña. Porque todo se sabe”.

El relato venía acompañado de imágenes de la casa de Nano Folle, en la cual se veía, a través de una ventana abierta, a Madre que cocinaba en una sartén, mientras Padre intentaba despegar unas Burgy.

Los extraterrestres no tuvieron más remedio que salir a la opinión pública y defenderse. Uruguay fue un hervidero y cada uno tenía su propia visión de los alienígenas.

Mientras “El País” titulaba cosas como “Asaltaron al padre de la familia marciana y ya quiere dejar el país”, “La República” aseguraba que “Seres de otras galaxias eligen Uruguay atraídos por los logros del gobierno progresista”. 
  
El presidente Vázquez hizo una cadena nacional asegurando que los extraterrestres eran inofensivos y que se les daría una casa. Además, destacó que no fumaban. En tanto, Mujica propuso juntarlos en el fondo de su chacra con los sirios y los de Guantánamo. La oposición, por su parte, pidió interpelar a Bonomi.

“¿Creés que los extraterrestres vienen a sacarnos el trabajo?”, así decía la consulta telefónica de “Esta Boca es mía”. Enojada ante la ayuda del gobierno a la familia verde, Graciela Bianchi opinó que “esto es populismo intergaláctico”.

Y mientras en la Facultad de Ciencias Sociales ocho personas participaban de un taller llamado “Los extraterrestres, la construcción de la otredad y el patriarcado en Júpiter”; y mientras Pinocho Sosa ideaba una parodia (para la cual había mandado traer un pequeño planeta que pensaba instalar arriba del Teatro de Verano cuando actuaran los Zíngaros), en canal 12 el Sordo González presentaba una encuesta:

 “Mirá, Alda. Sala el cinca par cienta de las urugayas están a favar da las marcianas. Es muy paca. Igual, la ganan a Mieras”.

Los años pasaron, y con ellos los técnicos de Peñarol, las candidaturas de Larrañaga y los programas de Gaspar y Karina. Y los extraterrestres se fueron adaptando a la vida en el país.

Madre terminó de cajera en el Ta-Ta de 18 y Roxlo, intentando armar un sindicato y haciéndose amiga de un montón de dominicanas. Padre comenzó a manejar un Uber y se volvió un oyente fiel de Petinatti: todas las tardes se indigna por la inseguridad y dice que hay que matarlos a todos. Hijo se anotó en el liceo, pero como los profesores pasaban faltando, el aula se llovía y, cuando tenía clases, se aburría, optó por un curso rápido en Ma-Pa. Hija se volvió vegana y animalista, anda todo el día en bicicleta y milita en la Plenaria Memoria y Justicia.
  
De este modo, la familia extraterrestre comenzó a pasar desapercibida y dejó de ser tema de conversación. Pero Nano Folle nunca volvió a ser el mismo. “Eran cuatro. Verdes. Salían del mar…”, así arranca siempre que cuenta la historia.