La sociedad uruguaya











La sociedad no es una suma de piezas desconectadas, sino la interacción de un montón de elementos que se condicionan y explican mutuamente.

Claro que sería mucho más simple y liberador creer en la existencia de bandos perfectos, buenos y malos, donde uno siempre está del lado del bien y aquello que no nos gusta es arrojado a la trinchera del mal, considerándolo algo distante y totalmente ajeno.

Pero no. Quien viva en sociedad y crea que puede trazar una férrea línea divisoria entre los portadores de una ética admirable y los inmorales corrompidos, todos coincidiendo casualmente en un mismo espacio y un mismo tiempo, se equivoca profundamente. Unos y otros (los “buenos” y los “malos”) no dejan de condicionarse y explicarse.

Acaso el que mata para robar y quien exige se mate al ladrón, ¿no son dos caras de una misma moneda? ¿Por qué hay más ética en quien piensa que “hay que matarlos a todos” que en el delincuente que, en los hechos, sale dispuesto a matar a cualquiera?

¿Y cómo se entiende que los buenos, la pretendida reserva moral del país, quienes presumen de su honestidad, su trabajo, su educación y su decencia, puedan llegar a hacer del asesinato de un ser humano un motivo de bromas y festejos? ¿Desde cuándo el bien odia, se regodea con un crimen y pide mucho más que una venganza? Porque si, efectivamente, tales son los buenos de la película: ¿Qué podemos esperar de los malos?

El deterioro de la sociedad uruguaya, en el cual la dictadura y sus años previos de autoritarismo tuvieron mucho que ver, que se acentuó con las políticas neoliberales de los años noventa y la crisis de 2002, y que luego no se ha podido frenar (aun cuando la gente haya sabido tener algún peso más en el bolsillo); ese deterioro vive en el marginado que mata sin compasión, pero también en el periodista amarillo que lo cubre relamiéndose por el rating, en los comentaristas desquiciados de las redes y los portales, en los políticos lúmpenes y oportunistas, en el policía que abusa de su poder, en la indiferencia de unos y el simplismo de otros, tanto como vive en la impunidad.

El odio y la venganza no van a parir ninguna solución. El morbo y los facilismos vuelven más violenta la violencia. El discurso de la mano dura es condenable por razones éticas y prácticas. Y hasta que esto no sea comprendido y asimilado, la sociedad uruguaya en su conjunto no podrá empezar a reconstruir sus mejores virtudes.