Sobre el humor, en serio










La Intendencia de Canelones y el Mides lanzaron un “Concurso de humor en clave de Derechos Humanos”, en el que se premiará a las “propuestas escénicas que a través del humor, de señales claras que podemos reírnos sin discriminar por cuestiones de etnias, de género, de orientación sexual, o de discapacidades, entre otras”.

Y esta parece una buena excusa para pensar en la naturaleza del humor, en la intervención del Estado en esta materia y en el fenómeno de la corrección política.



El buen humor es malo

Dolina insiste con la idea de que el humor es poner algo donde no va. Es decir, nos hace reír aquello que en un momento exacto no debe suceder, de modo que la incorrección es parte de la naturaleza misma del quehacer humorístico.

Lo que no puede ni debe ser es la materia fundamental con la que trabaja el humorista: lo toma, le da forma y lo pone en el medio de la escena. Siendo así que quien hace humor debe contar con algún grado de picardía o, para ser francos, de maldad.

Contra quién o contra qué se dirige esta maldad, bajo qué estilo, con qué intencionalidad o intensidad, son condiciones subjetivas y personales. Resultando de la combinación de todos estos elementos una gran variedad de géneros que encuentra un extremo en el humor negro.

En definitiva, siempre existen las víctimas en el humor. A veces son directas y otras, indirectas, pero resulta por demás difícil concebir la empresa de arrancar risas sin afectar, de una u otra forma, a alguien.



El humor es social

Ahora bien, el humor es una actividad humana y como tal no está totalmente exento de intenciones y moral (cruzarse con un desconocido al que le falta un brazo y hacerle un chiste de mancos es, por bueno que sea el chiste, reprobable).

Además, no es inalterable y atemporal, sino que siempre está inserto en un contexto social, al cual suele estar sujeto. Por ello, lo que causa gracia en un ámbito o un momento histórico, puede no despertar siquiera una sonrisa en otro. ¿Acaso no han ido perdiendo popularidad los chistes de gallegos, homosexuales y negros? Porque si el humor es poner algo donde no va, debemos asumir que ese donde no va cambia con las épocas.

Es así que, en resumen, la tarea humorística se desenvuelve entre dos márgenes: por un lado, la necesidad de algún grado de maldad y la existencia de ciertas víctimas, directas o indirectas; por otro, la presencia de una moral y un contexto social e histórico que siempre generan tendencias y establecen límites.

¿Cómo se soluciona, entonces, este aparente conflicto? Simple: cada persona elige qué humor ejecutar y de qué reírse, partiendo de su propia subjetividad. De este modo, y naturalmente, los estilos y tópicos humorísticos van sucediéndose en detrimento de otros, trayendo consigo nuevas formas de maldad o picardía, y así nuevas víctimas.



¿Debe intervenir el Estado?

La polémica convocatoria del Mides y la Intendencia de Canelones sobre “humor en clave de Derechos Humanos”, puede ser cuestionada tanto por su naturaleza como por su eficacia (busca, suponemos, generar conciencia sobre el necesario respeto a determinados colectivos).

Sobre la naturaleza misma del concurso, lo primero que hay que advertir es que el Estado no prohíbe ciertas formas de humor, sino que hace un llamado a propuestas humorísticas alternativas.

Ahora, cuando el poder público promueve un determinado humor, premia especialmente a novelas que dejen tal o cual mensaje, o juzga contenidos del carnaval teniendo en cuenta lo apropiado o no de su alegato, lo que se va configurando es un discurso oficial sobre lo políticamente correcto, que implica algunos riesgos.

El primero, lo arbitrario e injusto del Estado resolviendo sobre moral en cuestiones artísticas que, en su esencia, contienen un sinfín de subjetividades e interpretaciones. Supongamos, incluso, que todos coincidimos en que resulta censurable hacer humor con los pobres como eje. En tal caso, ¿cómo un tribunal podría definir si el personaje Micky Vainilla de Capusotto se burla de los pobres, de quienes se burlan de los pobres o de ambos?

El segundo riesgo tiene que ver con la provocación en que se incurre al decir sobre qué cosas no es correcto (o ideal) hacer humor. Que las autoridades establezcan límites o preferencias en esta materia, sólo logrará el efecto contrario: mucha gente se lanzará a poner algo donde el Estado dice que no va.

En tercer lugar, proteger del humor a determinados colectivos discriminados, puede despertar demandas de parte de personas o grupos que también se sientan vulnerados y en una situación de debilidad, reduciéndose cada vez más los márgenes para ejecutar un humor correcto. ¿Por qué no podrían exigir el mismo trato otros colectivos o minorías, como los mormones o el Partido Colorado?

Y, por último, el mayor riesgo de la promoción de la corrección política en el arte es la construcción de una fachada discursiva, que antes que representar una nueva sensibilidad social, oculta las diferencias, evita los debates y, finalmente, refuerza en el mundo privado aquello que en el espacio público se quiere combatir.

Así que, si por algo pueden ser especialmente cuestionados este concurso y este tipo de políticas públicas, es por su tendencia a la ineficacia. Debemos tener claro que otro humor, en caso de ser necesario, llegará de la mano de otra sociedad, y no al revés.

Y cómo cambiamos la sociedad, se preguntarán.

Bueno, a través de muchas herramientas, ninguna de las cuales es forzar la creación de un arte artificialmente despegado de su espacio y de su tiempo.



Conclusiones

Pretender establecer límites en materia de humor será siempre una tarea inútil. Cuando creamos tenerlo sujetado por un lado, el humor escapará por otro, y sólo cambiarán las formas y las víctimas de su incorreción.

Para superar los dilemas políticos, estéticos y éticos que la cuestión humorística suele traer consigo, quien escribe optó por una solución que no desea imponer pero sí compartir: la única división que admite el humor es entre el bueno y el malo, pero no en cuanto a moral sino en lo que refiere a calidad. El cuplé de la Catalina sobre Julita Pou era desopilante, aunque hiciese referencia a una mujer desempleada que estando borracha recibía una piña. Y lo peor de Gayman es que no era gracioso. Porque si hablamos de humor, me quedo con lo que me causa gracia antes que con lo que me parece correcto.