El león malo











El hombre, que paseaba por África, vino a perderse en medio del desierto. Y allí, para su desgracia, se cruzó con un enorme león. El animal lo arrinconó contra un árbol.

— ¡No, por favor, no! —suplicó a los gritos el hombre, tembloroso.

El león se le acercó aún más.

— ¡Dios, no! ¡No, dios!

— De dios siempre se acuerdan tarde —reflexionó el león con una voz grave y cálida—. Sobre todo cuando se los está por comer un león —dijo entre risas, celebrando su propio chiste.

El hombre quedó mudo, petrificado, con los ojos bien abiertos.

— Vamos, muchacho, relajate —soltó el león con mucha calma—. No te va a pasar nada.

Ambos se pusieron a charlar, sentados y con sus espaldas recostadas contra un árbol. El hombre ya no temblaba, pero seguía sin comprender.

— Siempre me pregunté por qué los humanos que no creen en nada, se vuelven creyentes en los últimos segundos de su vida… Lo que a mí me parece un gesto indigno —opinó el león.

— Cierto, es indigno —afirmó el hombre, que no quería contradecir en nada al animal.

— ¿Creés en dios?

— No.

— Entonces no lo invoques la próxima vez que la muerte te hable a la cara. Es una falta de respeto, sobre todo a tus creencias de toda la vida —sostuvo el león con seriedad, pero no sin calidez.

— Ojo, a veces creo.

— ¿Cuándo?

— Cuando veo a la naturaleza en su esplendor —asumió el hombre, que empezaba a hablar con cierto entusiasmo—. Cuando veo la belleza de los peces, el vuelo de las aves, el verde de los árboles… Ahí se me da por pensar que tanta perfección sólo puede tener un creador: ¡dios!

El león negó con la cabeza y resopló. 

— ¿Alguna vez viste cagar a un perro? —preguntó el animal.

— Sí, claro —respondió el hombre.

— Bueno, seguro no hay nada más patético que un perro cagando: tembloroso, de ojos desorbitados, expuesto en su patetismo frente a todos los demás, perros y cristianos. ¿Y vos creés que dios puede concebir algo así? ¡Claro que no! Eso es obra de la naturaleza, que hace las cosas como le salen. ¿Porque es buena? ¿Porque es mala? ¡No! Porque es amoral.

— Los creyentes dicen que las cosas malas tampoco son producto de dios —repuso el hombre, no muy convencido de lo que decía.

— ¡La eterna contradicción! ¡El doble jueguito de siempre! Si un hijo es lindo y sano, se lo atribuyen a dios, pero si en Siria mueren 80 de un bombazo, es culpa del hombre. Y lo mismo con los animales. Porque si el perro obedece, es buenito. Pero si le come el brazo al vecino, ¡ay, no, pobrecito, es un animal!

— ¿A qué querés llegar?

— A que el hombre humaniza todo... quizá para no sentirse solo musitó el león en pose de filósofo.

— Yo odio a los hombres —dijo el hombre.

— Muchacho... odiar es algo que solo los hombres pueden hacer. Así que cuando odiás a la humanidad, no hacés más que ejercer a pleno tu personalidad humana. En cambio, los animales no odiamos… 

— ¡Pero aman, aman sinceramente! —exclamó el hombre, sensibilizado.

— Cuando amemos, será porque podemos odiar, y cuando nos sean admitidas dichas facultades, terminaremos exigiendo toda clase de derechos humanos, como el derecho a una vivienda digna o a la libertad de expresión, aunque más no sea en una democracia burguesa. Pero como no odiamos ni amamos, por ahora nos conformamos con exigir respeto, que no jueguen con nosotros, que no nos hagan sufrir. Ni más ni menos.

— Yo amo a los animales, porque ustedes son buenos —dijo el hombre a media voz, aturdido.

— No entendiste nada —afirmó el león con desdén, limpiándose los dientes con un pasto que había arrancado del suelo—. Debería comerte.

El hombre volvió a temblar de miedo.

— Vos… vos no sos un león como los demás, sos bueno, inteligente, ¡podemos arreglar esto dialogando!

— No soy ni bueno ni malo, soy un león —explicó el animal acercándose demasiado al hombre, y pasándole una pata por arriba del hombro—. Que dios me perdone.

Y tras decir esto, el león se comió al hombre de una forma… leonina.