10 personajes que no faltan en ningún velorio









Como quien dice, todos nos vamos a morir. Pero no por ello hay que sentir culpa. Entre otras razones, porque con cada muerte nace una de las situaciones más vitales que existen: el velorio. Se trata de una instancia vibrante y más o menos necesaria, caracterizada por la presencia de una serie de personajes que casi nunca fallan.


1. El blando
Pese a su escaso peso numérico, los blandos son muy efectivos llamando atención: van de aquí para allá buscando un hombro consolador; sueltan gritos desgarradores; sollozan; muchas veces permanecen durante horas desparramados en alguna silla, lamentándose a los cuatro vientos y preguntándole a la vida, y a algún tío, “¿por qué?”; cada tanto se desmayan.



2. El asistente
Los asistentes son quienes rodean a los blandos, les hacen aire, les acercan un vaso con agua, les dan la mano, les secan las lágrimas y los mocos. Cuando emiten algún tipo de comentario se desdoblan en optimistas, filósofos, metafísicos o alegres.



3. El optimista
Para él, la muerte siempre tiene una explicación satisfactoria que debe conducirnos a todos a la felicidad y al no-llanto. Repite todo el tiempo cosas trilladas como “estaba sufriendo” o “era lo que ella quería”. Este personaje suelen encarnarlo vecinos irrelevantes, parientes lejanos y compañeros de trabajo que casi no se llevaban con el fallecido.



4. El filósofo
Deambula y se limita a emitir esporádicos comentarios del estilo de “para esto venimos”, "no somos nada" o “¿Qué otra cosa es la vida sino un ensayo para la muerte?” Cuando luce una boina, fuma o lleva un escarbadientes en la boca, sus boludeces adquieren un aire de verdad irresistible. Muchas veces, el filósofo y el metafísico son el mismo.



5. El metafísico
Se dedica a consolar tías y toda clase de blandos mediante explicaciones metafísicas. “Él está bien”, “ella nos está mirando desde algún lugar”, “por algo suceden las cosas” o “Dios lo necesitaba a su lado”. Sí, da miedo.



6. El alegre
Se trata de un personaje inoportuno y ridículo. Todo el tiempo busca romper el clima de angustia y tedio con anécdotas intrascendentes y chistes pavos. Es el mismo que cuando alguien cocina fideos pide un aplauso para el asador, o que cuando escucha hablar del sentido común dice que es el menos común de los sentidos.



7. El tertuliano
Los tertulianos se reúnen a una distancia considerable del cajón con el fin de charlar, comer y tomar (generalmente mate, café y bizcochos). Conversan sobre la familia, aunque también sobre fútbol, política, arte, televisión y toda clase de temas. Cada tanto se las ingenian para vincular alguna de estas cuestiones con el difunto, intentando justificar su presencia en el velorio.



8. El perdido
Llega de casualidad al velorio. Mayormente no conoce al muerto y apenas tiene relación con algunos de los presentes. Su mirada suele fijarse en el techo o en el piso, mientras sus pensamientos andan por cualquier otro tema que nada tiene que ver con el difunto (“¿Qué haré de cenar?”, por ejemplo).

A veces se ve obligado a abrazar (fingiendo sentimientos) a personas a las que jamás ha visto, ni volverá a ver. Es especialmente vulnerable frente a los deseos de los blandos, quienes pueden llegar a sugerirle lo peor: que apoye sus labios sobre la mejilla o la frente del muerto desconocido. El hecho de que durante largos minutos (que a veces devienen horas) deban fingir dolor y conmoción, hace de los perdidos personajes muy queribles.



9. El confundido/ofuscado
“Pero si ayer estaba tan bien”, piensa este personaje ignorando algo tan simple como la instantaneidad de la muerte. A veces, directamente no asume el hecho, y permanece durante horas al lado del cajón repitiendo cosas escalofriantes: “parece que está dormidito”, por ejemplo.



10. El frío
Por lo general se encarga de los trámites. Desaparece y aparece al rato con frases como “en una hora lo llevan” o “no entramos todos en el auto”.

En la sala velatoria, el frío suele caminar de manos en los bolsillos, soltando escasas palabras, mordiéndose los labios y con un nudo en la garganta: en definitiva, conteniendo el llanto. Quiere hacerle creer a los demás que la muerte de los otros es algo que logra entender, que ya tiene asumido, y que, por ende, no lo desmorona. Pero cuando llega a su casa libera toda su amargura y desconsuelo mediante un llanto estrepitoso, tomando algo o, simplemente, escribiendo.