Andrade y la zona de confort









Está de moda hablar de la zona de confort. Ese estado en el cual la persona repite una serie de conductas, manteniendo ciertos patrones demasiado conocidos y asegurándose no sufrir riesgos. 

Bien, quizá coincidamos en que se trata de un concepto un tanto vago, usado en exceso por estos días, pero admitamos que su esencia tiene cierto valor: la comodidad puede traer consigo algunos efectos negativos o, aun mejor, las cosas más importantes siempre implican algún riesgo.

Dicho todo esto, parece claro que cuando Óscar Andrade aceptó ser parte de un programa político en canal 4 abandonó, justamente, su zona de confort.

Recuerdo que ante las primeras emisiones de Todas las voces, me crucé con gente que estaba disgustada y hasta enojada con la decisión del dirigente del Sunca.

Todas las críticas que escuché o leí se podrían resumir en un par: ¡Qué hace en la tele! ¡Por qué en el 4! Algunos fueron un poco más lejos y se preguntaron por qué usa saco y camisa (en fin, fueron tan lejos que se pasaron para el lado de los que no merecen ser tenidos en cuenta).

Sin haber conversado este tema con el mismísimo Andrade, y en un acto de atrevimiento, me animo a responder:

¿Por qué la tele? Porque es una trinchera más en la que a diario se libran numerosas batalles culturales y, de una forma u otra, hay que estar. Porque la tele la mira mucha gente, quizá cada vez menos, pero aún mucha. Y seguro mucha de esa gente se forma (o deforma) a través de la pantalla. Y, sobre todo, porque la tele llega a personas a las cuales no va a llegar, por ejemplo, la plataforma de la democracia avanzada. Y porque la política, al final, y al principio, se hace para la gente, para sostener a los que están y para convencer a los faltan.

¿Y por qué canal 4? Bueno, no se. Se lo ofrecieron. Y sí, Monte Carlo Tv no es Pravda, pero se trata de un medio bastante consumido. Y el hecho de que no sea Pravda es, en verdad, parte de la gracia: ir a debatir con quienes ni siquiera parten de la misma base de ideas; hablar para quienes no comparten nuestro piso teórico, ese que en una reunión entre compañeros se da por descontado, pero que afuera no resulta tan obvio.

En realidad, lo que deberíamos hacer es invertir el juego y preguntarnos por qué Andrade debió haberle dicho que no al programa de Daniel Castro.

¿Porque canal 4 no es un medio de izquierda? Argumento débil: donde más y mejor hay que estar (siempre que se nos respete) es donde se nos cuestiona. ¿Porque hay un panelista de derecha? Argumento ridículo: nada más redituable que enfrentar a un adversario tan definido, que no matiza. ¿Porque la televisión frivoliza y abarata todo lo que toca? Bueno, llegamos al punto clave.

La televisión abierta es generalista y masiva. Y lo que es masivo resulta, necesariamente, básico. Idea esta que no esconde nada de peyorativo. Simplemente describo al afirmar que la televisión es básica porque es masiva, y viceversa: la única forma de contener a una grupo humano muy amplio, es construyendo códigos y principios escuetos y elementales.

Todo esto se aplica a la comunicación pero, por supuesto, está directamente vinculado a la política. ¿Acaso un partido puede mantener el mismo purismo cuando tiene cinco afiliados que cuando tiene un millón? ¿Acaso se puede ganar una elección esgrimiendo doscientas posturas filosóficas bien concretas?

No, una elección se gana prometiendo una serie de postulados básicos, expresando una esencia, un humor social. Del mismo modo que un programa masivo (o que apuesta a ello) debe ofrecer algo más elemental que encriptado.

Asumamos, eso sí, que existe el riesgo real de que lo básico se convierta en vulgar, al punto de incurrir en la tergiversación o la mentira. Algo que, sin duda, puede ocurrirle a un partido político o a un producto comunicacional: hacer cualquier cosa con tal de incrementar su público. No obstante, y acá está la dificultad que plantea el asunto, un medio o un político que no se interesen por ser escuchados, estarán destinados al peor de los delitos: la intrascendencia.

Seguramente el programa Todas las voces merezca algunas críticas, así como es probable que el mejor Andrade no sea el que aparece en el 4. Pero la osadía no es una virtud menor, y el hombre se atrevió a perder la "pureza", esa que invariablemente conserva el convencido que sólo le habla a convencidos. Y abramos, al menos, la posibilidad de que su discurso haya alcanzado a algunas personas que, de otro modo, jamás se hubiesen interesado por lo que dice un barbudo del PIT-CNT.

El gesto de Andrade, su huida de la zona de confort hacia un espacio de riesgo, del comité que todo lo aplaude a la pantalla que todo lo cuestiona, puede parecer un dato pequeño. Y quizá lo sea. Pero significa bastante.

Hay una izquierda que se siente cómoda repitiendo frases hechas entre compañeros ya hechos. O lo que es más grave: se siente cómoda cuando la gente y el debate no están cerca.