La pavada crónica








Martiniano Molina era un cocinero mediático, al que un día el macrismo le ofreció ser candidato a intendente de Quilmes. Se presentó y, bueno, ganó.

Así las cosas hasta que un 24 de marzo, en medio de una entrevista, le consultaron sobre la posibilidad de que el "Pozo de Quilmes" se convirtiera en un Museo de la Memoria. Ante esto, Molina respondió que "las cuestiones que tienen que ver con los servicios y el bacheo" se estaban haciendo de a poco, que "las obras se van a ver". Declaración que no estaría mal si no fuese porque el "Pozo de Quilmes" no es un bache en la vía pública, sino que fue un centro clandestino de detención, un lugar tristemente célebre, un símbolo actual del horror de ayer.

Durante la gestión de Macri se registraron ya varios episodios tramados por este nivel de estupidez, frivolidad e ignorancia. Recuerdo, al pasar, algunos.

Cuando Hollande visitó Argentina, lo recibieron con unos carteles oficiales en los que las franjas de la bandera nacional lucían verticales, y no horizontales. Luego, la bandera de Francia fue proyectada en un edificio, pero con los colores mal ordenados.

En Tecnópolis, un prestigioso espacio reservado para muestras de ciencia y tecnología, supo mostrar su talento Magui Bravi. La mediática brindó unas inexplicables clases de fitness, ante los ojos desorbitados de grandes y chicos, que llegaron al lugar para conocer más sobre la velocidad del sonido y se encontraron con una famosa en calzas moviendo (de buena forma, digamos) sus prominentes nalgas.

Pero lo que sigue es insuperable. 

Cuando
el humorista Miguel del Sel cumplía un mes como embajador en Panamá, contó sin vergüenza alguna lo que había hecho en sus primeras semanas en el cargo: “Ya fui cuatro veces a jugar al fútbol, fui a ver a la selección panameña contra Haití y filmé el gol”. Finalmente, y queriendo matizar tanta guarangada, agregó: “Tengo otro tipo de contactos con Panamá. Me tocó una vez subir a cantar con Rubén Blades”.

Si hasta los billetes fueron víctimas de la "nueva política" sin política, viéndose los próceres reemplazados por inofensivos y coloridos animalitos.

Y así podríamos seguir un buen rato, describiendo esos pequeños gestos políticos casi graciosos, enmarcados en una narrativa falaz y peligrosa.

Un buen amigo, Mauro Casa, compartió hace unos días la campaña de un sector nacionalista que llamaba a los militantes a ser "atrevidos" y sacarse "una selfie con Luis". Con acierto, Mauro ironizaba sobre el hecho de que hoy "ser intrépido es pedirle la selfie a tu candidato", y se lamentaba de "vivir en la era de la pavada crónica".

Advirtiendo que los seres humanos tenemos derecho a momentos de ocio y entretenimientos ligeros, en definitiva, de pavada (derecho que, naturalmente, también gozan los políticos), se torna imperioso decir algo: cuando un dirigente habla como si fuese un libro de autoayuda, cuando las palabras "mercado" o "Estado" no aparecen en ningún discurso, y cuando los chistes, las banalidades y los guiños cancheros superan ampliamente la cantidad y la calidad de las políticas públicas (ejecutadas o prometidas), es porque estamos ante un proyecto político no hueco, sino inconfesable.

La derecha latinoamericana se esconde en recursos poéticos y místicos (como "la positiva" o "en el segundo semestre vamos a ver la luz") porque no puede decir cuál es su idea de sociedad. Porque para Macri, la promesa de "unir a los argentinos" siempre será mejor que gritar "¡voy a sacarle las pensiones a los discapacitados!".

Sin llegar al punto de extrañar a la derecha ilustrada de los "grandes estadistas", al estilo Julio María Sanguinetti, y partiendo de que los dirigentes políticos por lo general algo esconden o disimulan, es un dato de la realidad el que cierta derecha regional prefiera parecer tonta y vacía antes que neoliberal. Aunque el plan sea, indefectiblemente, el mismo: privatizarlo todo y flexibilizar las relaciones laborales en beneficio de minorías históricamente privilegiadas.

"El diablo tiene cara de estúpido", le escuché decir a Dolina.