Sendic y los incondicionales



 




La incondicionalidad se vende como un gran valor. Poner las manos en el fuego, seguir hasta la luna a tal o cual. Está bien visto defender a un amigo o a una pareja eternamente, pase lo que pase, haya hecho lo que haya hecho.

Y yo lamento decir que, aunque con la mejor intención, esos amigos y esas parejas no ayudan demasiado. Que los incondicionales pueden causarle mucho daño a aquellas personas a las que dicen amar y defender.

Todos necesitamos que cada tanto alguien nos rezongue, que nos diga “así no” o, incluso, “este no sos vos”.

Porque si Raúl Sendic se hubiese ido para la casa después del papelón del título, o incluso ni bien salió a la luz lo de la tarjeta corporativa de Ancap, hoy la fuerza política y el gobierno, así como el propio Sendic, estarían viviendo, humana y políticamente, un momento un poco menos terrible.

Pero no.

Algunos incondicionales, de esos que dijeron haber visto un papel que no existía, ya abandonaron aquella actitud y ahora se animan a decir que quizá, en una de esas, Sendic debería dar un paso al costado.

Otros, en cambio, insisten e insistirán con una postura que empuja al vicepresidente a huir hacia adelante, hacia la nada.

El dato más fuerte es que los principales enemigos de Sendic son quienes le palmean la espalda y le dicen que tiene que seguir así y ahí.

Mientras que muchos de los que creemos que debería renunciar, en realidad no tenemos nada en contra de su persona.

La renuncia de Sendic es, a esta altura, una forma de cuidar al gobierno y al Frente Amplio y, si se quiere, de cuidarlo a él mismo.

Hasta el momento no se trata de un tema judicial. Sendic, como figura política, debería renunciar por razones políticas.